Sidny Lopes Cabral o por qué seguimos creyendo en los Mundiales


Hay goles que cambian un partido.

Y hay otros que consiguen algo mucho más difícil.

Nos obligan a mirar un mapa.

Hasta hace unos días, muchos aficionados habrían tenido problemas para señalar Cabo Verde.

Ahora saben que allí también se juega al futbol.

Y eso, en el fondo, también es una victoria.

Porque los Mundiales sirven para coronar campeones, sí. Pero llevan casi un siglo recordándonos que el futbol nunca ha pertenecido únicamente a los grandes.

De vez en cuando aparece alguien dispuesto a discutir esa vieja jerarquía.

Esta vez fue Sidny Lopes Cabral.

Hay futbolistas que representan mucho más que a un equipo

Cabral nació en Róterdam.

Podría haber recorrido un camino más cómodo.

Sin embargo, decidió vestir la camiseta de la tierra de sus padres.

De Cabo Verde.

Un puñado de islas volcánicas en medio del Atlántico donde el futbol no mueve las mismas cantidades de dinero ni ocupa los mismos titulares que en Europa.

Pero sí despierta exactamente la misma ilusión.

Y eso nunca conviene olvidarlo.

Porque el talento no entiende de fronteras.

Argentina esperaba un partido

Cabo Verde esperaba una oportunidad.

Y durante muchos minutos dio la impresión de que el guion sería el de siempre.

Argentina monopolizando la pelota.

Cabo Verde resistiendo.

Hasta que ocurrió una de esas jugadas que hacen que millones de personas se levanten del sofá al mismo tiempo.

Cabral recibió un balón al ataque. Midió el panorama. Los minutos se agotaban. Quebró a un defensor. Sus compañeros esperaban la asistencia.

Y cuando parecía que ya no quedaba nada más por inventar, golpeó la pelota y creó una obra de arte.

La pelota describió una curva imposible.

El Dibu Martínez voló.

Pero algunas pelotas nacen con la decisión tomada.

Y aquella había decidido terminar en la escuadra.

Durante unos segundos nadie recordó quién era el campeón del mundo.

Todos miraban al muchacho de Cabo Verde corriendo hacia la tribuna para buscar a su amada.

Con esa sonrisa que sólo aparece cuando alguien comprende que acaba de vivir el mejor momento de su vida.

El futbol necesita historias como ésta

Es probable que dentro de veinte años muy pocos recuerden cómo terminó el grupo.

O incluso quién levantó aquel Mundial.

Pero muchos seguirán recordando el gol de Cabral.

Porque el futbol vive de esas pequeñas rebeldías.

De equipos que se niegan a aceptar el papel que otros les han escrito.

De futbolistas que aparecen desde lugares donde nadie estaba mirando.

Y de países que descubren que, durante noventa minutos, pueden discutirle el balón a cualquiera.

Cabo Verde terminó despidiéndose del torneo.

Pero lo hizo dejando algo mucho más valioso que una clasificación.

Dejó un recuerdo.

Y eso, en un Mundial, no es poca cosa.

Lo mejor del futbol nunca aparece en los pronósticos

Quizá por eso seguimos viendo las Copas del Mundo.

No para confirmar que las potencias siguen siendo potencias.

Eso ya lo sabemos.

Las vemos porque siempre existe la posibilidad de encontrarnos con un chico como Sidny Lopes Cabral.

Un futbolista del que apenas habíamos oído hablar.

Que durante una noche fue capaz de hacer feliz a un país entero.

Y de recordarnos que el futbol sigue teniendo una maravillosa costumbre.

De vez en cuando, el gigante gana.

Pero el pequeño consigue quedarse para siempre en la memoria.

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