Antes del balón hubo una mina
Antes que futbolistas, fueron migrantes. Antes que el Pachuca, existió un viaje imposible.
Hay una costumbre que tenemos quienes contamos historias de futbol: buscamos el primer gol, el primer partido, el primer campeón.
Quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.
La verdadera pregunta es otra.
¿Quiénes fueron los primeros hombres que necesitaron una pelota para sentirse otra vez en casa?
La respuesta nos lleva muy lejos del Estadio Hidalgo, del reloj monumental de Pachuca y hasta del nacimiento oficial del futbol mexicano.
Nos lleva al extremo occidental de Gran Bretaña.
A Cornualles.
Al lugar donde los antiguos britanos decían que terminaba la tierra.
Allí, entre acantilados golpeados por el Atlántico y minas de estaño que durante siglos alimentaron a medio Mediterráneo, nació un pueblo acostumbrado a vivir bajo tierra. Eran mineros antes que cualquier otra cosa. Cuando el mineral comenzó a agotarse durante el siglo XIX, no emigraron por aventura. Emigraron porque quedarse significaba desaparecer.
Y entonces ocurrió una de esas historias que parecen escritas por un novelista.
Mientras México apenas aprendía a caminar como nación independiente, cientos de familias córnicas cruzaron el océano para buscar plata en las montañas de Hidalgo.
No llegaron con las manos vacías.
Traían máquinas de vapor.
Traían ingenieros.
Traían una lengua distinta.
Traían recetas que terminarían convirtiéndose en los pastes.
Y, casi sin darse cuenta, también traían un balón.
Una epopeya olvidada
Entre 1825 y 1826 cuatro embarcaciones —Melpomene, General Phipps, Sarah y Courier— salieron del puerto de Falmouth rumbo al Golfo de México.
No era un viaje cualquiera.
Transportaban cerca de mil quinientas toneladas de maquinaria para reactivar las minas de Real del Monte. Aquellas enormes máquinas de balancín, orgullo de la ingeniería córnica, iniciaron lo que muchos historiadores consideran el primer gran impulso industrial de América Latina.
Pero antes hubo tragedia.
Las tropas españolas todavía controlaban San Juan de Ulúa y obligaron a desembarcar en la playa de Mocambo. Durante las maniobras murieron veintiséis emigrantes. Después vino otra odisea: trasladar aquellas toneladas de hierro durante casi un año hasta las montañas hidalguenses.
Cuando los primeros llegaron a Real del Monte, el 1 de mayo de 1826, sonaron las campanas.
Comenzaba otra historia.
Lo que una pelota puede conservar
Los migrantes siempre llevan dos equipajes.
Uno cabe en las maletas.
El otro vive en la memoria.
Los córnicos construyeron casas parecidas a las de su tierra. Prepararon pastes para soportar las largas jornadas bajo tierra. Fundaron escuelas, iglesias, cementerios.
Y cuando terminaba el turno en la mina, buscaban un espacio para hacer algo que también habían aprendido de niños.
Jugar futbol.
Nadie imaginaba entonces que aquellas reuniones improvisadas terminarían convirtiéndose, décadas después, en el Pachuca Athletic Club, fundado a finales del siglo XIX y reconocido como el primer club organizado de futbol en México, con sus respectivas polémicas.
Es importante decirlo con precisión.
La historia oficial reconoce a Pachuca como el primer club formalmente constituido. Eso no significa que antes no hubiera gente pateando una pelota en otras regiones del país. Existen investigaciones y testimonios que apuntan a prácticas tempranas en puertos como Veracruz y en otras comunidades británicas. La historia del futbol mexicano sigue siendo un archivo abierto, no un expediente cerrado.
Pero hay algo que nadie discute.
El corazón minero de Hidalgo fue uno de los grandes laboratorios donde el futbol comenzó a echar raíces.
El futbol también se hereda
Resulta curioso.
Hoy, cuando uno piensa en Cornualles, probablemente piensa antes en el rugby que en el futbol. Ningún club del antiguo ducado juega en la Premier League y sus equipos sobreviven en categorías modestas del futbol inglés.
Sin embargo, desde aquel rincón del mapa salió una pequeña diáspora que dejó una huella enorme del otro lado del océano.
No sólo ayudaron a modernizar la minería mexicana.
También dejaron palabras, recetas, costumbres y una manera distinta de entender el tiempo libre.
Porque el futbol nunca viaja solo.
Siempre viaja acompañado de canciones, de comidas, de nostalgias y de personas que buscan reconstruir un pedazo de su hogar en una tierra desconocida.
El otro lado del balón
Cada 11 de julio, cuando México celebra el Día del Minero, solemos recordar a quienes descendieron cientos de metros bajo tierra para extraer plata.
Vale la pena recordar también que algunos de ellos, al terminar la jornada, subían nuevamente a la superficie para perseguir una pelota.
Quizá sin saberlo, estaban escribiendo uno de los primeros capítulos del futbol mexicano.
Charles Dawe.
John Dawe.
James Bennetts.
John Bennetts.
William Blamey.
Richard Sobey.
William Bragg.
William Thomas.
Percy Bunt.
Lionel Bunt.
Albert Pengelly.
William Pengelly.
Hoy son apenas nombres perdidos en los archivos. Pero antes de convertirse en personajes de la historia fueron hombres que cruzaron un océano buscando trabajo y terminaron dejando mucho más que minas en funcionamiento.
Dejaron una cultura.
Dejaron una comunidad.
Y dejaron un juego que, con el paso de las generaciones, terminaría convirtiéndose en una de las grandes pasiones de México.




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