El delantero que no entiende la derrota


Hay futbolistas que celebran los goles.

Julián Álvarez celebra las responsabilidades.

En el minuto 112, cuando el partido se estaba convirtiendo en una prueba de resistencia más que de futbol, el delantero argentino hizo algo que define a los grandes competidores: apareció cuando todos estaban agotados.

Hasta entonces, el encuentro había sido una larga pelea contra la frustración. Suiza había resistido el asedio argentino y había encontrado la manera de sembrar la duda. El empate de Ndoye y el posterior gol de Embolo —aunque luego fuera anulado— habían colocado a Argentina frente a uno de esos escenarios que atormentan a los campeones: el miedo a dejar de serlo.

Y allí emergió Álvarez.

Lo fascinante del gol no fue la ejecución. Fue el contexto.

Minuto 112.

Piernas pesadas.

Espacios reducidos.

Un rival que llevaba más de cien minutos defendiendo con disciplina.

Los grandes delanteros no necesitan muchas oportunidades en esos momentos. Necesitan una.

Julián la tuvo.

Y la convirtió.

Hay algo peculiar en su manera de competir. No transmite ansiedad. No parece obsesionado con la estética. Corre, presiona, insiste y espera. Como si estuviera convencido de que el partido terminará entregándole una ocasión si él sigue trabajando lo suficiente.

Esa mentalidad explica por qué los entrenadores lo adoran.

Y también explica por qué Argentina lo necesita.

Messi sigue siendo el faro emocional. Mac Allister aporta inteligencia. Enzo organiza. Pero Álvarez ofrece algo que no se puede fabricar en un laboratorio táctico: la sensación de que siempre estará dispuesto a hacer el esfuerzo extra.

Su gol cambió la semifinal.

Pero también cambió el estado de ánimo de un país entero.

Durante unos segundos, Argentina dejó de preguntarse si podía quedar eliminada y volvió a recordar por qué es campeona del mundo.

Cuando Lautaro Martínez sentenció el 3-1 en el tiempo añadido, muchos hablaron del carácter argentino. Tienen razón. Pero ese carácter tuvo un rostro concreto en Kansas City.

El de un delantero que siguió creyendo cuando el partido empezaba a parecer demasiado largo.

Y quizá esa sea la mejor definición posible de Julián Álvarez.

Un futbolista que no entiende la derrota hasta que el árbitro la confirma.

Por suerte para Argentina, el árbitro nunca tuvo que hacerlo.

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