Messi o la imposibilidad de ser inocente


Hay quienes que nacen con un don. Y hay quienes que nacen convertidos en una época.

Lionel Messi pertenece a la segunda especie.

Desde hace veinte años dejó de ser únicamente un futbolista. Se transformó en un lenguaje. Millones de personas aprendieron a mirar el mundo a través de la naturalidad con la que conduce un balón. Para muchos niños fue la prueba de que el genio podía ser silencioso. Para muchos adultos, la confirmación de que todavía era posible la belleza.

Pero la belleza nunca vive fuera de la historia.

Ese es el error de nuestro tiempo.

Nos gusta imaginar que existe un territorio donde el talento permanece puro, lejos de las miserias del poder. Pensamos que el artista sólo pinta, que el escritor sólo escribe y que el futbolista sólo juega. Es una ilusión cómoda. También es falsa.

Nadie escapa completamente a su tiempo.

Messi quizá no quiera intervenir en política. Tal vez considere, honestamente, que su responsabilidad termina cuando el árbitro señala el final del partido. Tiene derecho a pensar así. Lo que no tiene es el privilegio de controlar lo que ocurre después.

Porque el mundo nunca deja en paz a sus símbolos.

Los poderosos no necesitan que una figura pública pronuncie un discurso. Les basta una fotografía. Un saludo. Una sonrisa. Una presencia compartida durante algunos segundos. El resto lo fabrica la propaganda.

El poder siempre ha funcionado de esa manera. No conquista únicamente territorios. También conquista significados.

Y ningún significado resulta más valioso que el de un hombre admirado por casi todo el planeta.

Muchos creen que la neutralidad protege. Yo nunca lo creí.

Durante la guerra de las Malvinas en Argentina, duante las desaparición de los 43 en México o el genocidio en Gaza, aprendimos que incluso el silencio tiene consecuencias. No porque el silencio sea culpable por definición, sino porque el vacío rara vez permanece vacío. Siempre hay alguien dispuesto a llenarlo.

Cuando un símbolo calla, otros hablan en su nombre.

Quizá esa sea la tragedia de Messi.

No parece un hombre seducido por las tribunas políticas. Nunca construyó su carrera desde la confrontación ideológica. Su lenguaje ha sido siempre el del pase corto, la asistencia, la precisión. Mientras otros necesitaban explicarse, él prefería jugar.

Pero el siglo XXI convirtió el deporte en otra cosa.

Hoy un futbolista mueve mercados financieros, altera campañas electorales, vende la imagen de ciudades enteras y ayuda a construir legitimidades que rebasan por completo el terreno de juego.

No porque lo quiera.

Porque puede hacerlo.

La influencia es una responsabilidad incluso cuando no se desea.

Ésa es la paradoja.

Diego Maradona comprendió muy pronto que cada palabra tendría un costo. Eligió hablar. Se equivocó muchas veces. Acertó otras tantas. Vivió contradicciones imposibles de esconder. Pero jamás fingió que el futbol existía separado del hambre, de las guerras o de la injusticia.

Messi eligió otro camino.

El de la excelencia silenciosa.

No es un camino indigno.

Pero tampoco es un camino inocente.

Porque la historia nunca pregunta únicamente qué hicimos.

También pregunta qué decidimos no hacer cuando podíamos hacerlo.

No le corresponde a un futbolista resolver las fracturas del mundo. Esa exigencia sería absurda. Sin embargo, cuando un hombre posee una autoridad moral construida por millones de personas, cada aparición pública deja de ser un asunto privado.

Los ídolos no pertenecen completamente a sí mismos.

Ésa es la parte más cruel de la admiración.

Quizá Messi nunca quiso convertirse en un símbolo universal. Quizá únicamente soñaba con jugar al futbol como aquel niño que recorría Rosario con un balón pegado al pie.

Pero los sueños individuales suelen terminar donde comienzan las necesidades colectivas.

El problema no es Lionel Messi.

El problema somos nosotros.

Necesitamos héroes tan desesperadamente que después pretendemos convertirlos en certificados de nuestras propias convicciones. Los gobiernos buscan fotografiarse con ellos. Los partidos desean apropiarse de su prestigio. Las empresas venden confianza utilizando sus rostros. Incluso las naciones intentan resumirse en una camiseta.

Entonces descubrimos una verdad incómoda.

No existe el futbolista apolítico.

Existe el futbolista que decide intervenir.

Y existe el futbolista cuya imagen interviene aunque él permanezca en silencio.

Tal vez esa sea la condena de todos los hombres excepcionales.

No poder elegir jamás una vida completamente privada.

Porque hay un momento en que el talento deja de pertenecerte.

Y empieza a pertenecerle a la historia.

Argentina bien merece volver a levantar la Copa del Mundo, lo que no merece Messi es tener que recibirla de un tipo como Trump.

Comentarios

Entradas populares