Un país entero alrededor de un balón
Todavía faltan unas horas para que ruede la pelota en el Azteca, pero el partido ya empezó hace rato.
Empezó cuando una señora salió temprano al mercado con la lista de siempre y volvió con un paquete extra de tortillas "por si llega alguien". Empezó cuando un abuelo buscó en el clóset aquella camiseta verde que ya no le queda tan verde porque ha visto demasiados mundiales. Empezó cuando un niño preguntó cuántos goles tenía que meter México para ser campeón y su papá, en lugar de corregirlo, le revolvió el cabello y le dijo que primero había que ganarle a Inglaterra.
El futbol tiene esa costumbre: entra a las casas sin pedir permiso.
En una colonia de la Ciudad de México, una vecina saca más sillas de las que necesita. "Siempre llega alguien", dice. Nadie sabe bien quién será ese alguien. El primo del cuñado. El muchacho de la tienda. El amigo que se quedó sin televisión o sin internet. En los partidos importantes las familias mexicanas crecen unas horas.
En otra casa alguien ya puso a enfriar los refrescos desde anoche. Una olla de pozole empieza a soltar vapor. Más tarde vendrán las tostadas, el orégano, la lechuga picada, el chile para quien aguante y los inevitables limones que nunca alcanzan.
La televisión sigue apagada, pero el partido ya ocupa toda la sala.
Hay una niña que pregunta por qué Inglaterra juega de blanco si Inglaterra está tan lejos. Hay una madre que responde mientras acomoda los platos sin dejar de mirar el reloj. Hay un perro que todavía no entiende por qué hoy nadie lo llevará al parque a las seis de la tarde.
En los puestos de la esquina ya se habla menos de política y más de alineaciones. El taquero asegura que Raúl Jiménez marcará de cabeza. El cliente le responde que el partido lo va a decidir Julián Quiñones. Los dos sonríen porque, en el fondo, ninguno está discutiendo de futbol. Están buscando una razón para creer.
Eso hacen los domingos importantes.
Nos permiten creer juntos.
Mientras tanto, en el Azteca, los jardineros riegan el césped por última vez. Las tribunas vacías, pero llenas de banderitas, todavía guardan silencio, pero uno casi puede escuchar el ruido que llegará después. Ochenta mil personas no hacen solamente escándalo. También llevan consigo los nervios de millones que no pudieron entrar.
México contra Inglaterra, un partido entre selecciones. Pero, también es un partido entre maneras de vivir el domingo.
Allá amanecerán para verlo en los pubs. Aquí la tarde tendrá olor a cilantro, a cebolla recién picada, a tortillas calientes y a café que alguien preparó porque los nervios no dejan dormir ni de día.
El futbol tiene algo de milagro doméstico.
Consigue que un adolescente deje por un rato el teléfono. Que un abuelo vuelva a contar cómo vio a Pelé en el Mundial del 70, aunque ya todos conozcan la historia de memoria. Que una madre, que dice no entender de fuera de lugar, termine gritando el gol más fuerte que nadie.
Cuando el árbitro dé el silbatazo inicial, México jugará contra Inglaterra.
Pero en miles de casas ocurrirá otro partido.
El de las familias que, por noventa minutos, olvidan las prisas, las cuentas pendientes, el trabajo del lunes y las pequeñas heridas de todos los días para sentarse frente a una pantalla y volver a hacer algo que cada vez parece más raro: compartir el tiempo.
Quizá de eso también hablan los Mundiales.
No sólo de los que pisan la cancha.
También de los que, desde un sofá, una banqueta, una fonda o una sala llena de voces, siguen creyendo que hay domingos capaces de reunir a un país entero alrededor de un balón.



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