Gilberto Mora: el niño que llegó demasiado pronto... o exactamente cuando debía


Hay una edad para sacar la licencia de conducir, otra para votar y otra para asumir que el mundo ya no nos debe nada.

El futbol, en cambio, no entiende de calendarios.

De vez en cuando aparece un muchacho que obliga a todos los adultos a revisar sus certezas. Gilberto Mora llegó al Mundial con diecisiete años y algunos días. Una edad en la que la mayoría todavía discute con los profesores, sueña con el primer amor o intenta descubrir quién quiere ser.

Él tuvo que descubrirlo frente a ochenta mil personas.

Siempre me ha parecido injusto el verbo "debutar". Parece una ceremonia administrativa. Como si un funcionario levantara una barrera y dijera: "Ahora ya puede jugar".

No.

Lo que ocurre en un debut mundialista es mucho más profundo.

Un muchacho deja de pertenecer a su familia para empezar a pertenecer a la memoria de un país.

Hay futbolistas que debutan escondiéndose. Piden poco la pelota. Juegan de espaldas al miedo.

Mora hizo algo distinto.

La pidió.

Y cuando un chico de diecisiete años pide la pelota delante de un estadio entero, ya nos está diciendo algo sobre su carácter.

No garantiza una carrera extraordinaria. El talento nunca garantiza nada. Pero sí revela una relación saludable con el miedo.

Y eso vale más que cualquier gambeta.

Vivimos una época impaciente.

Convertimos a los jóvenes en estrellas antes de tiempo y después les reprochamos no soportar el peso de una constelación entera sobre los hombros.

Con Mora conviene hacer exactamente lo contrario.

No pedirle que sea el salvador.

No convertir cada partido en un examen final.

No exigirle que cargue con frustraciones que comenzaron mucho antes de que él naciera.

México no necesita otro héroe condenado a resolverlo todo.

Necesita un futbolista que pueda equivocarse sin que el país entero interprete el error como una tragedia nacional.

Porque los grandes jugadores no nacen cuando debutan.

Nacen cuando descubren que también pueden fallar.

Este Mundial dejó a México fuera antes de lo que soñaba.

Pero también dejó una fotografía que merece conservarse.

En un torneo donde abundaron las grandes figuras, hubo un adolescente que miró el escenario más intimidante del futbol sin bajar los ojos.

Dentro de veinte años quizá recordemos los goles de otros.

Quizá olvidemos muchos resultados.

Pero sospecho que seguiremos hablando del verano en que un chico llamado Gilberto Mora apareció en el Mundial como aparecen siempre las cosas importantes: sin hacer ruido, sin pedir permiso y sin saber todavía que el futuro acababa de empezar a pronunciar su nombre.

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