Lo que todavía no nos ha enseñado Lamine Yamal


Lamine Yamal está jugando un gran Mundial.

Y, al mismo tiempo, todavía no ha jugado el Mundial que puede llegar a jugar.

La diferencia es importante.

Hasta ahora hemos visto al futbolista más desequilibrante de España en campo abierto, al extremo capaz de eliminar rivales con una naturalidad impropia de su edad y al jugador que obliga a las defensas a modificar sus planes antes incluso de que reciba el balón.

Lo vimos ante Portugal y volvió a aparecer ante Bélgica: cada vez que Lamine encara, el partido cambia de velocidad.

Pero los grandes Mundiales no se recuerdan únicamente por el desequilibrio.

Se recuerdan por el control.

Y ahí es donde todavía queda una parte de Lamine por descubrir.

Lo que ya ha mostrado

Hay tres cosas que el torneo ha confirmado.

Personalidad competitiva

No se esconde. Pide la pelota incluso en los momentos de mayor tensión.

Capacidad para atraer marcas

Dos rivales pendientes de él generan espacios para Nico Williams, Fabián Ruiz y los interiores.

Precisión en el último pase

Aunque no siempre aparezca en las estadísticas, muchas de las mejores jugadas de España nacen de una decisión suya.

Eso ya es extraordinario para un futbolista de su edad.

Lo que le ha faltado

Sin embargo, todavía no ha dominado un partido entero.

Ha dominado tramos.

Ha dominado acciones.

Ha dominado duelos individuales.

Pero aún no ha gobernado noventa minutos.

Los futbolistas realmente decisivos en un Mundial —Messi, Modric, Mbappé, Iniesta en 2010— consiguen algo más difícil que una gran jugada: consiguen que el encuentro se juegue al ritmo que ellos desean.

Lamine todavía vive en la aceleración.

Le falta descubrir la pausa.

Le falta entender que a veces el regate más valioso es el que no se hace.

Y esa es una lección que sólo enseñan los grandes torneos.

Lo que aún no hemos visto

Hay una escena que el Mundial todavía le debe.

El partido bloqueado.

El rival encerrado.

El reloj avanzando.

España necesitando una solución.

En ese contexto sabremos si Lamine puede convertirse en el futbolista que resuelve problemas estructurales y no sólo en el jugador que genera ventajas.

Porque una cosa es desequilibrar.

Y otra muy distinta es decidir.

Lo que puede enseñarnos

Quizá lo más interesante de Lamine no sea lo que hace, sino lo que representa.

En una época donde muchos jóvenes llegan al futbol profesional con movimientos aprendidos, él conserva algo más raro: la sensación de estar jugando.

Sus regates no parecen ejercicios de laboratorio.

Parecen ocurrencias.

Y eso tiene un valor enorme.

El futbol moderno necesita organización, preparación física y conocimiento táctico. Pero también necesita futbolistas capaces de romper el guion.

Lamine pertenece a esa especie.

La verdadera pregunta

Muchos se preguntan hasta dónde puede llegar.

La pregunta correcta quizá sea otra:

¿Qué ocurrirá cuando aprenda a administrar su talento con la misma naturalidad con la que hoy lo desata?

Porque entonces España no tendrá solamente a un extremo brillante.

Tendrá a un futbolista capaz de decidir una Copa del Mundo.

Y esa transformación, probablemente, sea el espectáculo más fascinante que nos queda por ver en este Mundial.

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