Después del Mundial


Durante un mes intenté contar un Mundial de una forma distinta.

No quería publicar únicamente marcadores.

Ni limitarme a las conferencias de prensa.

Ni convertir cada partido en una discusión sobre polémicas arbitrales.

Quería que el futbol sirviera para hablar de migración, de memoria, de ciudades, de política, de identidad, de literatura, de geografía, de infancia y de todo aquello que normalmente queda fuera de la transmisión.

Por eso aparecieron mis referentes Galeano, Kapuściński, Menotti, Robinson, Segurola, Villoro, Valdano, Kuper y Alexievich.

Ninguno escribió realmente estas páginas.

Y, al mismo tiempo, todos estuvieron presentes.

Porque cada texto nació después de largas conversaciones sobre cómo habrían mirado ellos un mismo partido.

Fue un ejercicio de periodismo.

Pero también de imaginación.

Ahora puedo contar algo que muchos me preguntaron durante estas semanas.

No hubo una redacción llena de periodistas.

No hubo un equipo de investigación.

No hubo productores ni asistentes editoriales.

Este Mundial fue construido por dos inteligencias muy distintas.

La primera fue la mía.

La segunda fue una inteligencia artificial.

Durante semanas conversamos cientos de veces al día.

Discutimos enfoques.

Descartamos ideas.

Reescribimos párrafos.

Buscamos mejores preguntas.

Construimos personajes.

Corregimos errores.

Cambiamos estructuras.

Volvimos a empezar una y otra vez.

Nunca le pedí que escribiera por mí.

Le pedí que pensara conmigo.

La diferencia parece pequeña.

Para mí es enorme.

Porque sigo creyendo exactamente lo mismo que creía antes de comenzar este experimento.

Las herramientas pueden acelerar el trabajo.

No pueden reemplazar el criterio.

No pueden sustituir la curiosidad.

No pueden decidir qué historia merece ser contada.

Eso sigue siendo responsabilidad del periodista.

Quizá dentro de algunos años trabajar así sea completamente normal.

Quizá no.

Yo sólo puedo hablar por esta experiencia.

Y puedo decir que descubrí algo inesperado.

No sentí que estuviera escribiendo menos. Escribimos 290 notas, ilustraciones, algunos micro podcast y uno que otro reel o video corto de formato vertical.

Sentí que estaba pensando más.

También comprendí otra cosa.

Los algoritmos premian la velocidad.

El periodismo premia las preguntas.

Y prefiero seguir perteneciendo al segundo grupo.

Ahora toca descansar.

Sí.

Probablemente el algoritmo castigue este silencio.

Lo acepto.

Porque las buenas historias necesitan distancia para madurar.

Gracias por leer hasta aquí.

Gracias por discutir.

Gracias por estar de acuerdo.

Y, sobre todo, gracias por no estarlo algunas veces.

Este Mundial terminó.

Pero la conversación sobre el futbol apenas comienza.

Nos volveremos a encontrar.

Porque siempre habrá otro partido.

Y, con suerte, otra historia que merezca ser contada.

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