Unai Simón, sí
El estadio estaba lleno de nombres famosos.
Mbappé, Dembélé, Theo, Kolo Muani. Francia llegó con un ejército de estrellas y con esa vieja costumbre de intimidar antes de jugar. Del otro lado estaba España, que no venía a discutir currículums, sino a jugar al futbol.
Y entre todos esos nombres brilló uno que no necesitó hacer una sola atajada para convertirse en protagonista.
Unai Simón.
Hay arqueros que construyen su gloria volando hacia los ángulos. Y hay arqueros que alcanzan la grandeza de otra manera: consiguiendo que el rival se olvide de disparar.
Francia terminó la semifinal sin un solo remate a puerta. Cero. Una cifra que parece un error de imprenta cuando enfrente juegan Mbappé y Dembélé. Pero no fue un accidente. Fue el resultado de un partido en el que España cerró caminos hasta convertir el área de Simón en una plaza desierta.
Mientras Oyarzabal marcaba el primer gol y Pedro Porro firmaba la sentencia, Unai observaba el partido como quien cuida una casa que nadie consigue encontrar. Su trabajo consistió en ordenar, hablar, adelantar la línea, ofrecer una salida limpia. Lo hizo sin aspavientos, sin vuelos fotogénicos, sin esa teatralidad que a veces convierte a los porteros en actores de circo.
Los grandes arqueros suelen vivir condenados a la paradoja: cuando todo sale bien, casi nadie los recuerda.
Por eso esta semifinal merece ser contada desde su silencio.
Mbappé jugó su partido número cien con Francia y no logró rematar entre los tres palos. Dembélé corrió, amagó, buscó espacios y terminó atrapado en una red invisible. Y detrás de esa red estaba Unai Simón, el guardián que no necesitó intervenir porque su equipo había convertido la prevención en una forma de arte.
En el minuto 58, cuando Porro clavó el 2-0, el ruido francés se apagó definitivamente. Quedó entonces la imagen más extraña de la noche: una semifinal mundialista en la que el portero vencedor parecía un espectador privilegiado.
Pero los espectadores no organizan una defensa que deja en cero al campeón del mundo. Los espectadores no sostienen la serenidad de un equipo que juega una semifinal como si estuviera en el patio de su casa.
Unai Simón sí.
Y acaso ahí reside su mérito más grande. En una época que celebra el estruendo, él recordó que el futbol también puede ganarse desde la calma.
Hay noches en las que un arquero se convierte en héroe por lo que detiene. Y hay noches, todavía más raras, en las que se convierte en héroe porque el rival jamás encuentra el camino hacia su puerta.
La semifinal entre España y Francia fue una de esas noches.



Comentarios