Cuando el silbatazo final no termina el partido


Hay selecciones que se recuerdan por los títulos. Otras, por las derrotas que enseñaron algo.

No sabemos todavía en cuál de esas dos categorías terminará viviendo el México de 2026.

Durante muchos años el futbol mexicano se acostumbró a un extraño ritual. Antes de cada Mundial prometía reinventarse. Después de cada eliminación buscaba un culpable. Entre una cosa y otra transcurrían cuatro años de olvido. El balón seguía rodando, pero el país permanecía detenido en la misma discusión.

Esta vez ocurrió algo distinto.

México perdió.

Conviene decirlo así, sin rodeos. No alcanzó el objetivo. Inglaterra fue mejor durante los minutos decisivos y aprovechó errores que, en un Mundial, suelen pagarse con el regreso a casa.

Pero también conviene decir otra cosa que hacía mucho tiempo no podíamos decir.

México volvió a parecer un equipo.

No una colección de futbolistas patrocinados. No una campaña publicitaria disfrazada de selección nacional. No un grupo resignado a cumplir con el calendario.

Un equipo.

Los equipos tienen algo que no siempre aparece en las estadísticas: aprenden a sufrir juntos. Se equivocan juntos. También encuentran una forma de reconocerse cuando el partido parece perdido.

Eso ocurrió en el Azteca.

Con un hombre más durante buena parte del segundo tiempo, México empujó hasta el final. No encontró el empate. Encontró algo menos visible y quizá más importante: la certeza de que la camiseta ya no pesaba como una condena.

Hace unos meses hablábamos de un país dividido entre la nostalgia y el miedo al cambio.

Guillermo Ochoa representaba la memoria.

Julián Quiñones, el porvenir.

Edson Álvarez, la disciplina.

Raúl Jiménez, la obstinación.

Gilberto Mora, el tiempo que todavía no llega.

Parecía una selección construida con distintas versiones de México intentando convivir en el mismo vestidor.

Y, por momentos, lo consiguió.

Quizá la imagen que mejor explique este Mundial no sea un gol.

Sea otra.

Los miles de aficionados que permanecieron en sus lugares cuando terminó el partido.

No estaban celebrando una derrota.

Tampoco estaban conformándose.

Simplemente entendieron que hay derrotas que no obligan a bajar la cabeza.

El futbol suele exagerar sus consecuencias. Un balón entra o sale por centímetros y de pronto creemos que un país entero vale más o menos. No es verdad. Ningún marcador explica una nación. Apenas ilumina alguno de sus rasgos.

Este Mundial mostró un México más disciplinado que brillante, más solidario que espectacular, más trabajador que inspirado.

Quizá también sea una fotografía del país.

Nos gusta imaginar que los cambios llegan con un gesto heroico. Casi nunca sucede así. Normalmente aparecen de manera silenciosa, cuando dejamos de hacer las cosas que nos condenaban a repetir siempre la misma historia.

Tal vez eso comenzó aquí.

No basta.

Por supuesto que no basta.

Competir ya no puede ser la meta definitiva. El futbol mexicano tendrá que aprender el oficio más difícil de todos: convertir los buenos partidos en victorias contra las grandes selecciones.

Pero también sería injusto negar el camino recorrido.

Las derrotas no siempre significan retroceso.

Algunas simplemente indican que todavía falta un tramo.

Cuando dentro de algunos años alguien recuerde este Mundial, quizá no hable primero del resultado frente a Inglaterra.

Tal vez recuerde otra sensación.

La de volver a creer que la selección nacional podía mirarse al espejo sin pedir disculpas.

Eso no entrega trofeos.

Tampoco llena vitrinas.

Pero es el único lugar desde donde pueden empezar las historias que algún día terminan levantando una copa.

Porque el futbol, como los países, nunca se construye desde el último silbatazo.

Empieza siempre al día siguiente. Y mañana, como ocurre después de cualquier domingo de Mundial, habrá niñas y niños que salgan a una cancha con una pelota bajo el brazo. Ninguno pensará en la eliminación. Pensarán en el siguiente partido.

Quizá ahí, donde todavía no existe el miedo al fracaso, siga viviendo el mejor futbol mexicano posible.

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