La semifinal se gana en la fila del café


Hay futbolistas que pasan por un Mundial y hay futbolistas que, sin que nadie lo planee, terminan instalándose en la conversación de sobremesa. Mikel Merino pertenece a esa segunda especie.

Lo extraordinario no es que haya marcado. Lo extraordinario es cuándo marca. Porque hay jugadores que aparecen cuando el partido ya está decidido y otros que tienen una extraña habilidad para presentarse justo cuando todo el mundo empieza a mirar el reloj.

El SoFi Stadium estaba lleno de españoles haciendo cuentas. Que si la prórroga, que si los cambios, que si los penales. Y entonces apareció Merino como aparecen esos vecinos que llegan tarde a la fiesta pero traen el postre bueno.

España había tenido la pelota durante casi toda la tarde. La movía de un lado a otro con esa paciencia que desespera a quienes creen que el futbol consiste únicamente en correr. Bélgica resistía con dignidad. Y uno empezaba a sospechar que el partido iba camino de esos territorios donde ya no manda el futbol, sino los nervios.

Hasta que Nico Williams levantó la cabeza.

Y Merino hizo lo que hacen los jugadores inteligentes: llegar sin hacer ruido.

El cabezazo fue maravilloso porque no tuvo nada de espectacular. Fue un gesto limpio, preciso, inevitable. Como si el balón hubiera estado viajando hacia él desde mucho antes de que Nico lo centrara.

Lo mejor vino después.

Seguramente un aficionado español abrazó a un desconocido y gritó: “¡Este chico nos va a volver locos!”. Y pensé que eso resume perfectamente a los Mundiales. Uno llega creyendo que va a recordar a las grandes estrellas y termina enamorándose de un centrocampista que aparece dos veces en el momento exacto.

Bélgica se marchó con una tristeza elegante. La generación dorada merecía una despedida mejor que un cabezazo en el minuto 88. Pero el futbol tiene esa crueldad: a veces no te elimina un rival; te elimina el reloj.

Y España… España se fue cantando.

Porque los españoles podrán discutir de política, de paellas y hasta de dónde se juega mejor al futbol. Pero cuando un gol así cae en un Mundial, todos hablan el mismo idioma.

El idioma de un cabezazo que sabe a semifinal.

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