Cuatro ciudades, cuatro maneras de esperar
Las semifinales todavía no empiezan. Pero ya se están jugando. No en el césped de Nueva Jersey. No en las pizarras de los entrenadores. No en los análisis de televisión. Se están jugando en una barra de Madrid, en un apartamento de París, en un taxi de Londres y en una cocina de Buenos Aires. Los Mundiales tienen esa capacidad extraña: convierten a millones de personas en protagonistas de una historia que nunca tocarán con las manos. I. Madrid: la memoria del 2010 En el barrio de Chamberí, un hombre de 73 años acomoda lentamente las sillas de su bar. Sobre la pared cuelga una fotografía de Andrés Iniesta levantando la Copa del Mundo. “Aquella selección jugaba como si supiera que el balón siempre iba a volver”, dice mientras limpia una mesa. Le pregunto si esta España le recuerda a la de 2010. “No exactamente. Aquellos eran profesores. Estos son más traviesos. Mira a Lamine. Ese chico no pide permiso para inventar.” Cuando menciona a Yamal, sonríe como si hablara de un nieto. “Lo que má...









