La semifinal en la que España volvió a reconocerse


España no ganó una semifinal. Ganó algo más difícil: recuperó una forma de entenderse a sí misma.

Durante años, la selección española vivió perseguida por su propia obra maestra. Cada pase era comparado con Xavi Hernández, cada circulación con Andrés Iniesta, cada partido con aquella generación que convirtió la posesión en un arte y al futbol español en una referencia universal. El problema de las obras maestras es que suelen convertirse en una cárcel para quienes vienen después.

En el MetLife Stadium, ante la campeona del mundo, España encontró la llave de esa prisión.

La victoria sobre Francia no fue una reproducción nostálgica de 2010. Fue una evolución. El equipo de Luis de la Fuente mantuvo la esencia del futbol de posición —el control del espacio, la circulación paciente, la ocupación racional del campo—, pero le añadió una agresividad que aquella selección no necesitaba. Esta España es menos contemplativa y más vertical. No renuncia al balón; lo utiliza para atacar antes.

Ahí estuvo la gran diferencia.

Francia llegó con la autoridad de una década de dominio y con la amenaza permanente de Kylian Mbappé. España respondió con una idea colectiva tan clara que terminó reduciendo a la campeona a cero disparos a puerta. Ese dato resume el partido mejor que cualquier análisis estadístico.

El gol de Mikel Oyarzabal en el minuto 22 fue el premio a una presión sostenida y a una circulación que obligó a Francia a retroceder. El de Pedro Porro en el 58 fue la confirmación de que España ya no necesitaba dominar únicamente a través de la posesión: también podía castigar con velocidad y determinación.

En medio de esa transformación aparecieron dos futbolistas fundamentales.

Fabián Ruiz jugó con la serenidad de los grandes mediocampistas. No aceleró cuando el partido pedía pausa ni se escondió cuando Francia intentó reaccionar. Cada intervención suya tuvo sentido. Y Mikel Merino, convertido en el hombre de los momentos decisivos, aportó esa mezcla de energía, inteligencia táctica y llegada que define a los centrocampistas modernos.

Los dos representan la madurez de esta selección. Ya no son promesas ni complementos: son el armazón de un equipo que ha aprendido a competir sin perder su identidad.

Pero la imagen que quedará en la memoria del torneo es otra.

Lamine Yamal no marcó, y sin embargo fue imposible ignorarlo. Cada vez que recibió el balón, el estadio se inclinó ligeramente hacia su costado. Tiene esa cualidad extraña de los futbolistas que modifican la expectativa del público antes de ejecutar una jugada.

España ha tenido grandes extremos, grandes organizadores y grandes delanteros. Yamal parece pertenecer a una categoría distinta: la de los jugadores que heredan una tradición sin parecerse exactamente a quienes la construyeron. No es un nuevo Iniesta ni un nuevo Silva ni un nuevo Xavi. Es el primer Lamine Yamal.

Por eso esta semifinal fue tan importante.

España no eliminó solamente a Francia. Eliminó la idea de que su mejor futbol pertenecía al pasado. Lo hizo manteniendo el principio que definió a su generación dorada —el balón como instrumento de gobierno— y adaptándolo a un tiempo diferente, más rápido, más físico y más imprevisible.

Cuando el árbitro señaló el final, no quedó la sensación de una sorpresa. Quedó la impresión de haber asistido al momento en que una selección volvió a reconocerse frente al espejo.

Y eso, en el futbol, suele ser el primer síntoma de los equipos que están preparados para ganar algo grande.

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