Francia contra Marruecos: el partido que empezó mucho antes del futbol
En África las fronteras rara vez explican la realidad.
Las líneas rectas las dibujan los gobiernos. Las personas viven en otra geografía.
Por eso Francia y Marruecos nunca han estado realmente separados.
Hay un ferry que cruza el Estrecho de Gibraltar en poco más de una hora. Hay vuelos que salen cada mañana de Casablanca hacia París. Hay millones de familias cuya historia empieza en un lado del Mediterráneo y termina en el otro. Hay hijos que nacieron franceses con la memoria marroquí de sus abuelos. Hay barrios donde el árabe y el francés conviven en la misma conversación.
Los mapas hablan de dos países.
La historia habla de una sola herida.
Durante cuarenta y cuatro años, Marruecos vivió bajo el protectorado francés. Las administraciones cambiaron, las escuelas cambiaron, los idiomas cambiaron. La independencia llegó en 1956, pero las relaciones nunca volvieron a ser simples. El colonialismo tiene una extraña capacidad para sobrevivir a su propia muerte. Permanece en la economía, en la cultura y, sobre todo, en la memoria.
El futbol también conserva memoria.
Muchos de los futbolistas marroquíes aprendieron este juego en Francia o crecieron dentro de familias que emigraron hacia Europa buscando aquello que el norte prometía. Algunos pudieron vestir la camiseta francesa. Eligieron otra.
No fue una decisión contra Francia.
Fue una decisión a favor de una historia familiar.
Cuando Marruecos alcanzó las semifinales en Qatar, millones de personas celebraron en Rabat, pero también en Marsella, Lille, Lyon y los suburbios de París. Aquella noche fue difícil saber dónde terminaba un país y empezaba el otro.
Eso incomodó a muchos.
Los Estados necesitan fronteras claras.
Las personas no.
Francia llega a este partido convencida de que sigue siendo una potencia futbolística. Lo es. Posee academias extraordinarias, una organización admirable y futbolistas capaces de decidir un campeonato con una sola jugada.
Pero Marruecos juega otra clase de partido.
No intenta demostrar que es mejor.
Intenta demostrar que pertenece.
Esa diferencia es enorme.
Durante siglos, Europa explicó África.
Ahora, por noventa minutos, África tendrá la oportunidad de responder sin necesidad de traducirse.
Mbappé representa una Francia que ya no puede entenderse sin África. Sus raíces familiares hablan del mismo continente que durante tanto tiempo fue descrito únicamente como una periferia del mundo. Quizá esa sea la gran paradoja de este encuentro: el mejor futbolista francés también es una consecuencia de la historia africana.
No existen vencedores absolutos en las historias coloniales.
Sólo existen herencias.
Mientras el balón viaje de un área a otra, muchos pensarán que observan un partido de cuartos de final.
Tal vez.
Pero también estarán viendo otra cosa.
Verán a dos pueblos intentando reconciliar décadas de dependencia, migraciones y silencios mediante un lenguaje infinitamente más honesto que la diplomacia.
El futbol posee esa extraña virtud.
Hace visibles conversaciones que la política lleva generaciones evitando.
Y cuando el árbitro señale el final, alguien habrá avanzado a las semifinales.
La historia, en cambio, seguirá jugando mucho después del último silbatazo.



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