El futbol ya no necesita permiso para cambiar
"El futbol de antes era mejor."
Lo curioso es que esa frase la dicen personas distintas en épocas distintas. Cuando yo era niño ya había viejos que aseguraban que el futbol se había arruinado. Después aparecieron quienes juraban que la televisión lo había destruido. Más tarde culparon a la preparación física. Luego a la táctica. Después al VAR. Ahora le toca la inteligencia artificial y los datos.
Siempre encontramos un culpable.
Y, sin embargo, el futbol sigue apareciendo todos los domingos.
Porque el futbol es mucho más inteligente que nosotros.
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Existe una confusión que conviene desmontar.
Una cosa es que el futbol haya cambiado.
Otra muy distinta es que haya perdido el alma.
No.
El futbol nunca pierde el alma.
Lo que cambia son las herramientas.
Cuando aparecieron los sistemas tácticos modernos dijeron que se había terminado la gambeta.
Entonces apareció Messi.
Cuando aseguraron que el pressing había eliminado el talento, apareció Iniesta.
Cuando nos explicaron que los delanteros ya no podían vivir dentro del área, apareció Haaland.
Cuando dijeron que el extremo clásico había desaparecido, apareció Lamine Yamal.
La creatividad nunca desaparece.
Simplemente encuentra otro lugar donde vivir.
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Este Mundial está lleno de entrenadores que estudian datos.
Y me parece muy bien.
Los datos sirven.
Lo que no pueden hacer es jugar.
El problema nunca fue la tecnología.
El problema aparece cuando alguien cree que la tecnología reemplaza la imaginación.
Un mapa de calor no inventa un pase.
Un algoritmo no siente el momento exacto para cambiar el ritmo de un partido.
Una computadora no escucha el silencio de un estadio antes de un gol.
Eso sigue perteneciendo al futbolista.
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Miro a Noruega.
Veo un equipo físicamente extraordinario.
Perfectamente organizado.
Pero también veo a Haaland intentando remates que ningún programa recomendaría.
Miro a España.
Encuentro mecanismos colectivos admirables.
Pero el partido cambia cuando Lamine Yamal hace algo que ningún entrenador puede enseñar.
Miro a Marruecos.
Descubro una disciplina formidable.
Y, al mismo tiempo, futbolistas capaces de resolver una jugada desde la intuición.
La creatividad no murió.
Simplemente aprendió a convivir con el orden.
Y eso es una buena noticia.
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Siempre me hizo gracia esa falsa discusión entre táctica y talento.
Como si una cosa expulsara a la otra.
El gran futbol siempre necesitó ambas.
Brasil en 1970 tenía organización.
Argentina en 1978 también.
El Barcelona de Guardiola era una maquinaria táctica llena de futbolistas capaces de improvisar.
La táctica nunca fue enemiga del talento.
La mediocridad, sí.
Porque hay entrenadores que usan la táctica para esconder su miedo.
Y otros la utilizan para liberar a los jugadores.
No es lo mismo.
Jamás será lo mismo.
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Hay quienes sostienen que el futbol moderno volvió obedientes a los futbolistas.
Yo veo exactamente lo contrario.
Nunca hubo tantos perfiles diferentes.
Messi conduce desde la pausa.
Mbappé desde la velocidad.
Haaland desde la potencia.
Pedri desde la inteligencia.
Bellingham desde la personalidad.
Ninguno juega igual.
Ninguno entiende el juego de la misma manera.
Y eso significa que el futbol sigue siendo un territorio donde caben muchas ideas.
Cuando todos juegan igual, el problema no es el deporte.
Es nuestra manera de mirarlo.
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El futbol no necesita volver al pasado para salvarse.
Nunca lo necesitó.
Porque el pasado fue maravilloso precisamente cuando dejó de parecerse al pasado anterior.
El gran Brasil rompió con otro Brasil.
La Holanda de Cruyff rompió con la tradición.
Sacchi rompió con Italia.
Guardiola rompió con muchas certezas.
Todo avance nació de una desobediencia.
Por eso me cuesta entender a quienes defienden la tradición prohibiendo el cambio.
No existe contradicción más grande.
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El verdadero enemigo del futbol nunca fue la modernidad.
Es el miedo.
El miedo del entrenador que prefiere no perder antes que intentar ganar.
El miedo del dirigente que desconfía de los jóvenes.
El miedo del periodista que convierte cualquier innovación en una amenaza.
El miedo del aficionado que confunde nostalgia con memoria.
La nostalgia idealiza.
La memoria comprende.
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Cuando termine este Mundial volveremos a escuchar que el futbol ya no es como antes.
Y será verdad.
Por suerte.
Porque el día que el futbol deje de cambiar será el día en que deje de parecerse a la vida.
El futbol no necesita permiso para transformarse.
Nunca lo pidió.
Ni debería hacerlo.
Lo único que debe conservar es aquello que ninguna táctica, ningún algoritmo y ninguna moda podrán reemplazar jamás.
La alegría de un muchacho que recibe una pelota y, por un instante, cree que puede inventar algo que nadie había imaginado antes.



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