El último director de orquesta


Hay futbolistas que parecen hechos para un Mundial.

Y luego está Luka Modrić.

Con él ocurre algo curioso. Cada cuatro años da la impresión de que el torneo lo está esperando. Como si la Copa del Mundo necesitara un jugador capaz de recordarnos que el futbol no consiste únicamente en correr más rápido que el rival.

Consiste, sobre todo, en pensar un segundo antes que los demás.

Quizá por eso resulta tan difícil imaginar los próximos Mundiales sin su figura.

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Antes de ser futbolista fue un niño al que la guerra le cambió la vida

Hay historias que ayudan a entender a un jugador.

Y hay otras que prácticamente lo explican todo.

La de Modrić empieza lejos de los grandes estadios.

Empieza en Zadar.

Mientras otros niños aprendían a jugar en parques o colegios, él daba patadas a una pelota en el estacionamiento de un hotel donde su familia vivía como refugiada. Su abuelo había sido asesinado durante la guerra y su casa ya no existía.

Cuando uno conoce ese comienzo entiende mejor por qué nunca parece alterarse en un campo de futbol.

Después de crecer entre sirenas, explosiones e incertidumbre, un estadio lleno de aficionados deja de parecer un lugar intimidante.

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Los Mundiales también necesitan aprender quién eres

No todos llegan siendo protagonistas.

En Alemania 2006 apenas era un muchacho.

En Brasil 2014 ya era un magnífico centrocampista, pero Croacia todavía buscaba su sitio entre las grandes selecciones.

A veces olvidamos que incluso las carreras extraordinarias necesitan tiempo.

Los Mundiales también observan.

También esperan.

Y, de alguna manera, preparan el escenario para quienes acabarán marcando una época.

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Rusia 2018 fue mucho más que una final

Aquella Croacia parecía empeñada en jugar siempre media hora más que los demás.

Prórroga tras prórroga.

Partido tras partido.

Y allí estaba Modrić.

No era el más rápido.

No era el más fuerte.

Tampoco era quien más hablaba.

Simplemente conseguía algo extraordinariamente difícil.

Hacía que todos jugaran al ritmo que él imaginaba.

Cuando recibió el Balón de Oro del campeonato muchos pensaron que era el premio de consolación por haber perdido la final.

No lo era.

Era el reconocimiento a un futbolista que había conseguido que millones de personas volvieran a mirar el centro del campo como el lugar donde realmente se deciden los partidos.

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Después llegó Brasil... y llegó la elegancia

En Qatar 2022 muchos daban por hecho que Croacia había llegado al final de su camino.

Modrić tenía 37 años.

Demasiados, según algunos.

Pero el futbol tiene la mala costumbre de desmentir los certificados de defunción.

Brasil parecía imparable.

Y, sin embargo, el partido terminó jugándose donde más cómodo se siente el croata: en ese espacio donde las prisas dejan de tener sentido.

Croacia eliminó a uno de los grandes favoritos.

Después, mientras muchos celebraban, Modrić fue a consolar a Rodrygo.

Ese gesto dice tanto del futbolista como cualquiera de sus asistencias.

Porque algunos jugadores dejan recuerdos.

Otros dejan ejemplos.

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2026: jugar porque todavía merece la pena

Hay algo hermoso en ver a Luka Modrić disputar otro Mundial con cuarenta años.

Ya no necesita demostrar absolutamente nada.

No juega para convencer a los críticos.

Ni para añadir una línea más a su currículum.

Juega porque sigue disfrutando de algo que ha hecho toda su vida.

Y eso se nota.

Cada vez que recibe la pelota parece que el partido reduce un poco su velocidad.

Mientras todos corren, él mira.

Mientras todos aceleran, él espera.

Y cuando finalmente decide qué hacer, casi siempre descubre un camino que nadie más había visto.

Croacia se ido de la Copa del Mundo a punto de volver a mandar todo a la prórroga, pero el VAR dijo que no y Portugal avanzó a los octavos de final.

Tal vez esta fue la última vez que dirigió a su orquesta. 

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Lo mejor que le ha pasado a los Mundiales

Hay jugadores que engrandecen un torneo porque levantan el trofeo.

Otros porque baten récords.

Modrić pertenece a una categoría mucho más rara.

Hace mejor el propio juego.

Nos recuerda que el talento no siempre mide un metro noventa.

Que la inteligencia sigue siendo una ventaja competitiva.

Y que el centro del campo continúa siendo un lugar donde también se puede hacer poesía.

Quizá dentro de veinte años nadie recuerde el número exacto de kilómetros que recorrió en este Mundial.

Pero sí recordaremos otra cosa.

Recordaremos que, cuando Luka Modrić tenía la pelota, el partido parecía detenerse unos segundos.

Y qué lujo ha sido vivir una época en la que un futbolista era capaz de hacer algo tan difícil como eso: convencer a veintidós jugadores de que merecía la pena jugar a su ritmo.

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