Cuando los imperios siguen jugando al futbol


No es en un estadio donde se puede comprender que los imperios nunca desaparecen.

Ubiquémonos en una estación de tren en Europa.

Un hombre esperaba el convoy con un pasaporte francés en el bolsillo, un apellido bereber heredado de su abuelo, el árabe aprendido en casa y un francés perfecto adquirido en la escuela. No parecía dividido. Parecía acostumbrado. Como millones de personas que han aprendido que la historia rara vez pregunta de qué lado quiere uno nacer.

Los imperios tienen una virtud extraordinaria: sobreviven a su propia muerte.

Las banderas cambian. Los himnos se sustituyen. Los mapas se redibujan. Pero las rutas permanecen. Permanecen los idiomas. Permanecen los puertos. Permanecen las familias partidas entre dos continentes. Permanecen las memorias. Y, de vez en cuando, permanecen también los partidos de futbol.

Francia contra Marruecos no es solamente un encuentro de cuartos de final.

Es una conversación que comenzó mucho antes de que existiera la Copa del Mundo.

Durante cuarenta y cuatro años, Marruecos fue un protectorado francés. No fue una colonia idéntica a Argelia, ni compartió exactamente el mismo destino, pero su administración, sus escuelas, sus ferrocarriles y parte de sus élites quedaron profundamente marcados por París. Cuando terminó el dominio colonial, terminó la ocupación política. No terminó la circulación de personas.

Los barcos siguieron cruzando el Mediterráneo.

Después llegaron los aviones.

Y más tarde las autopistas invisibles de la globalización.

Hoy viven en Francia millones de ciudadanos de origen marroquí. Algunos nunca han pisado Fez. Otros viajan cada verano para visitar a los abuelos. Hablan francés con sus hijos y darija con sus padres. En sus casas conviven dos calendarios, dos cocinas, dos maneras de entender el mundo.

Los Estados suelen exigir una identidad.

La vida real rara vez concede ese lujo.

Por eso resulta tan revelador observar una selección nacional antes de escuchar su himno.

Las alineaciones cuentan historias que los discursos oficiales prefieren callar.

Francia ha construido durante décadas una de las mayores fábricas de talento futbolístico del planeta gracias, en buena medida, a los hijos y nietos de las migraciones procedentes de África. Marruecos, por su parte, encontró en su diáspora europea una fuente extraordinaria de futbolistas que crecieron en academias de Bélgica, Países Bajos, España, Francia o Italia, pero eligieron vestir la camiseta del país de sus padres o de sus abuelos.

Durante años Europa creyó que exportaba jugadores.

Quizá lo que estaba haciendo era devolver historias.

En ese sentido, el partido entre Francia y Marruecos no enfrenta dos modelos futbolísticos.

Enfrenta dos maneras de administrar una misma memoria.

En un vestuario habrá jugadores cuyos padres nacieron en Casablanca.

En el otro habrá futbolistas que aprendieron a jugar en las calles de París, Ámsterdam o Bruselas.

Cuando el árbitro dé el silbatazo inicial, habrá hombres que reconocerán el acento del rival. Algunos habrán compartido barrios, categorías juveniles o compañeros de escuela. La frontera, durante noventa minutos, será un dibujo sobre el césped. Nada más.

Los imperios siempre imaginaron que podían decidir el destino de los pueblos.

El futbol tiene la costumbre de desobedecerlos.

Marruecos ya dejó de ser la sorpresa romántica de 2022. Su presencia constante en la élite responde a una estructura deportiva inteligente, a una red global de formación y a una identidad nacional capaz de integrar a quienes crecieron lejos sin exigirles renunciar a ninguna parte de sí mismos.

Francia tampoco es únicamente la antigua potencia colonial. Es un país cuya propia identidad contemporánea sería incomprensible sin las sucesivas migraciones que la transformaron desde mediados del siglo XX.

Por eso este partido no trata del pasado.

Trata del presente.

Del mundo que hemos construido.

Un mundo donde las fronteras siguen existiendo para los mapas, pero cada vez menos para las biografías.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de este Mundial.

Los imperios construyeron fronteras.

Las personas terminaron construyendo puentes.

Y, a veces, esos puentes se encuentran en el lugar más inesperado: un campo de futbol donde veintidós hombres persiguen un balón mientras, sin proponérselo, cuentan una historia mucho más antigua que el propio deporte.

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