El derecho a seguir soñando


Hay una edad en la que los futbolistas dejan de correr detrás de la pelota y empiezan a correr detrás del tiempo. Lionel Messi juega esta final en ese territorio.

Muchos creen que Argentina ya cumplió en 2022, que el campeonato de Qatar cerró definitivamente la discusión sobre su legado. Sin embargo, esta final no funciona como un epílogo, sino como una pregunta: ¿puede una selección campeona seguir reinventándose sin renunciar a su identidad?

Argentina ha llegado hasta aquí sin la exuberancia de otros torneos. No ha arrasado. Ha sufrido, ha remontado y ha encontrado soluciones distintas en cada ronda. Y eso resulta más valioso que cualquier goleada.

El futbol moderno suele premiar la organización, la presión y los automatismos. España representa todo eso con brillantez. Pero las finales tienen una lógica menos científica. Se juegan en una zona donde intervienen la memoria, el oficio y la capacidad de sobrevivir cuando el partido se vuelve incómodo.

Ahí Argentina posee una ventaja que no aparece en las estadísticas.

Messi ya no necesita demostrar que es el mejor jugador de su generación. Lo que está en juego es la posibilidad de convertirse en el conductor de una selección capaz de ganar dos Mundiales consecutivos, algo que el futbol no ve desde Brasil en 1962.

Pero esta Argentina no depende únicamente de él. Julián Álvarez aporta profundidad, Enzo Fernández equilibrio, Mac Allister claridad y Lautaro Martínez ese instinto feroz de los delanteros que viven para los partidos decisivos.

La candidatura argentina se sostiene menos en la nostalgia que en la convicción de que los campeones auténticos no se conforman con conservar el trono; intentan demostrar que todavía merecen ocuparlo.

Y hay sueños que, cuando parecen terminar, descubren que aún tienen una última noche por delante.

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