La ventaja competitiva de ser feliz: lo que Erling Haaland está enseñando al futbol
Durante décadas hemos contado la misma historia sobre los grandes campeones. Michael Jordan era un obsesivo. Cristiano Ronaldo convirtió el entrenamiento en una religión. Rafael Nadal hablaba del sufrimiento como si fuera un compañero de equipo. Hemos llegado a asociar la excelencia con la tensión permanente.
Por eso Erling Haaland resulta tan desconcertante.
Mientras Brasil juega un partido que puede definir otra generación del futbol brasileño, el delantero noruego aparece en el túnel sonriendo, bromeando con sus compañeros y golpeando el balón con la despreocupación de quien ha salido a jugar un domingo cualquiera. Después marca dos goles.
La pregunta interesante no es cómo lo hace. La pregunta es si llevamos años entendiendo mal qué produce el máximo rendimiento.
El país donde el deporte no es una tragedia
Haaland no nació únicamente en un sistema futbolístico diferente. Nació en una cultura diferente.
En Noruega existe una vieja idea educativa: los niños deben jugar antes que competir. Durante muchos años, las ligas infantiles evitaron incluso publicar clasificaciones porque la prioridad era que los jugadores desarrollaran habilidades y siguieran disfrutando del deporte.
Para muchos entrenadores latinoamericanos o europeos aquello parecía una extravagancia escandinava.
Sin embargo, de ese entorno han surgido atletas que parecen inmunes a la ansiedad competitiva.
No es casualidad.
El propio Haaland ha contado en distintas ocasiones que su padre, Alf-Inge, nunca le habló de convertirse en el mejor delantero del mundo. Le repetía algo mucho más simple.
"Diviértete."
Suena ingenuo.
Quizá sea revolucionario.
Lo que dice la psicología deportiva
Existe una razón científica por la que algunos deportistas parecen jugar mejor cuando se olvidan de la importancia del momento.
El psicólogo Mihály Csíkszentmihályi llamó estado de flujo a ese momento en el que una persona deja de pensar en el resultado y se concentra únicamente en la acción. Los movimientos aparecen con naturalidad. La creatividad aumenta. El miedo disminuye.
Los entrenadores suelen pedir concentración.
El cerebro funciona mejor cuando deja de obsesionarse con el error.
Ver a Haaland durante este Mundial produce precisamente esa impresión. No parece un futbolista que ignore la presión. Parece alguien que ha aprendido a impedir que la presión ocupe demasiado espacio dentro de su cabeza.
Brasil juega contra su historia. Noruega juega contra Brasil.
Hay selecciones que cargan con el peso de todo un país.
Brasil pertenece a esa categoría.
Cada Mundial reabre las mismas preguntas.
¿Volverá el jogo bonito?
¿Llegará la sexta estrella?
¿Será esta generación digna de Pelé, Zico, Romário o Ronaldo?
Noruega, en cambio, no vive bajo esa clase de exigencias.
Su historia mundialista es breve. Su tradición no impone obligaciones imposibles.
Esa diferencia psicológica puede resultar decisiva cuando el torneo entra en la fase donde un solo error envía a casa.
Mientras unos juegan para no decepcionar a millones de personas, otros juegan para descubrir hasta dónde pueden llegar.
El futbol también tiene modas emocionales
Hace veinte años admirábamos al líder que gritaba.
Después llegó el entrenador obsesionado con el control absoluto.
Más tarde aparecieron los laboratorios de datos, capaces de medir cada carrera y cada aceleración.
Quizá la siguiente ventaja competitiva sea mucho menos sofisticada.
Quizá consista en formar futbolistas capaces de disfrutar incluso bajo la máxima presión.
No sería la primera vez que el deporte descubre demasiado tarde que había confundido una consecuencia con una causa.
Pensábamos que los campeones eran felices porque ganaban.
Haaland sugiere una posibilidad distinta.
Quizá algunos ganan porque, antes que nada, siguen siendo felices jugando.
El Mundial como laboratorio
Si Noruega termina eliminando a Brasil, el análisis se llenará de mapas de calor, porcentajes de posesión y modelos de goles esperados.
Todo eso será útil.
Pero probablemente insuficiente.
También habrá que explicar por qué un equipo salió al campo con el peso de una tradición centenaria y otro con la ligereza de quien todavía conserva el placer infantil de perseguir una pelota.
A veces el futbol parece un juego demasiado importante.
Erling Haaland recuerda que quizá siga siendo, simplemente, un juego.
Y esa, en el escenario más exigente del planeta, puede ser una ventaja que todavía no sabemos medir.



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