El partido que nadie soñó


Hay una crueldad especial en el futbol.

Después de semanas de concentraciones, viajes, entrenamientos y presión, después de haber estado a noventa minutos de la final del mundo, el calendario le pide a dos selecciones que vuelvan a ponerse los botines para jugar un partido que ninguno deseaba disputar.

El encuentro por el tercer lugar tiene algo de ceremonia incómoda. Los aficionados hablan de él con desgana, los entrenadores rotan jugadores y los futbolistas intentan convencerse de que todavía queda algo importante en juego. Pero la verdad suele aparecer en los ojos.

En los ojos del delantero que imaginó levantar la copa y ahora debe competir por una medalla de bronce. En los ojos del capitán que todavía escucha el silencio del vestuario después de la semifinal. En los ojos del portero que sigue repasando el gol que los dejó fuera.

Y, sin embargo, el futbol también es extraño en esto: incluso en el partido menos deseado puede aparecer algo valioso.

Porque el tercer lugar no premia al mejor. Premia al que tuvo fuerzas para levantarse después de caer.

Francia e Inglaterra llegan a esa obligación con heridas distintas. Francia dejó escapar la posibilidad de un nuevo título y descubrió que el relevo generacional ya no puede aplazarse. Inglaterra volvió a quedarse a un paso de la final y tendrá que convivir otra vez con la sensación de que estuvo cerca de cambiar su historia.

Para ambos, el partido del sábado es una conversación con el orgullo.

Los futbolistas suelen decir que nadie recuerda al tercero. No es del todo cierto. El tercer lugar queda grabado como el territorio de los que resistieron un golpe más. No es gloria absoluta, pero tampoco fracaso total. Es una zona intermedia, incómoda y humana.

Quizá por eso el encuentro produce tanta melancolía. Porque obliga a competir cuando el corazón todavía está en otra parte.

En el fondo, el futbol de élite pasa demasiado rápido. Los jugadores que hoy sienten que les arrebataron una final descubrirán mañana que aquellas semifinales fueron algunos de los partidos más importantes de sus vidas. Y entonces entenderán que incluso el duelo por el tercer puesto formaba parte del viaje.

El Mundial enseña muchas cosas. Una de ellas es que no todos los campeones levantan la copa.

Algunos simplemente encuentran la dignidad suficiente para volver al campo cuando ya no queda el premio que realmente querían.

Y tal vez esa sea la tristeza más grande del tercer lugar: recordarles a los futbolistas que el sueño terminó, pero el partido todavía no.

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