Es hora de perdonar a Cisneros


El Vaquero, Eduardo Cisneros (14 de mayo de 1953, ciudad de México), aquel hombre barbado que jugaba con talento, con entrega, con coraje. Héroe de la semifinal de 1983 contra el América y villano, un año después, frente a Zelada desde los once pasos, en una gran final. Todavía se le culpa de la desgracia sin miramientos.

¿Dónde ha quedado Eduardo después de tanto tiempo? Vive cerca del futbol pero siempre cuestionando al destino porque gracias a un error la gente ha borrado de tajo sus grandes momentos como futbolista. Después del retiro se fue a vivir al Bajío, anduvo por Silao (Guanajuato) enseñándole a jugar a los niños. También vivió en San José Iturbide, también en tierras guanajuatenses, y se puso a criar gallos. Hace algún tiempo tomó el reto de dirigir a un equipo de tercera división llamado Atlante-Avante. Entrenaban en la Alameda Oriente, en donde antes fueron los tiraderos de basura de Iztapalapa. Aparece y desaparece. Se le puede ver en las tradicionales comidas de fin de año que organizan los veteranos del Atlético Español, pero ha decidido andar errante.

Eduardo Cisneros nació en una familia de futbolistas que bien podrían romper un record Guinness. Son más de dos decenas -y contando- que han sido profesionales. Los Cisneros son una dinastía de hombres que viven del futbol, aunque a él, de niño, le gustaba torear, tal vez por eso, Don Roberto Hernández Junior le puso el vaquero. Fue un 10 natural, debutó a los 19 años con el Atlético Español y José Moncebaez fue quien detonó sus talentos cuando lo puso en la media cancha de los Tiburones Rojos. Jugó en con el Atlético Potosino y en los Rayados del Monterrey, pero realmente tuvo sus grandes momentos siendo el táctico y cerebro de aquel Rebaño Sagrado que humilló al poderoso América tras diez años oscuros del Guadalajara, en aquella semifinal de la temporada 1982-1983, que ganaron porque ganaron, al costo que una tremenda bronca les cobraría al jugar, con un equipo repleto de expulsados, la final contra el Puebla. Nada supo más a gloria como aquella tarde en el Azteca y celebraron durante todo un año, hasta que el futbol le dio revancha a sus odiados rivales.

De aspecto rudo, las barbas lo hacían verse tosco, Cisneros era el cobrador oficial de tiros penales en el equipo. Por supuesto, esa vez no lo pensó y fue a cobrarlo. Él fue el mejor anotador chiva de la temporada 1983-1984 con 16 goles. Luces, cámara…Ze-la-da. Así narró Gerardo Peña, con todo tipo de exageraciones, el peor instante en la vida del Vaquero. Dice que estaba infiltrado. Falló el tanto que los hubiera puesto en ventaja. Eso abrió el cofre de la venganza americanista y desató la frustración de toda una afición. Perdieron tres a uno. Nunca se le ha perdonado y tal vez por eso, él prefiere ocultarse de la multitud. Este año se cumplieron 30 años de esa tragedia y probablemente sea tiempo de perdonar.