La mirada de Belausteguigoitia


Mirar el pasado de un hombre extinto que sólo veía su propio presente es una de las sensaciones más intensas que un relator en video puede sentir. Hay que hurgar, hay que conectarse con el personaje a través de múltiples señales. Así nos ocurrió a la historiadora Zyanya Salcedo y a mi cuando entramos a la casa de Doña Nekane, hija menor del León de Amberes, José María Belausteguigoitia.
De inmediato encuentras esa huella que dejan los personajes de esta envergadura. Las fotos, los objetos, y la mirada. Sí, en esa mirada que él mismo pintó en un autorretrato encuentras el nexo con el pasado y con su personalidad congruente. Ni su propia hija, mucho menos nosotros podíamos hablar con plena certeza sobre el fubolista y su mito. Sólo la hija podía dar pincelazos de un perfil muy íntimo en donde el futbol iba y venía. Mientras el retrato iba mostrando a un gran hombre, íntegro y recto, un atleta natural, un ferviente creyente, un nacionalista vasco y perseguido de un régimen intolerante que lo hizo huir para establecerse en México. Belauste nunca utilizó la fama ni el mito del futbolista en su nuevo hogar, mantuvo un bajísimo perfil en el mundillo del futbol mexicano. Curiosamente, doña Nekane se hizo esposa de un futbolista mexicano, el arquitecto Héctor Ortiz, campeón con el Zacatepec y mundialista en 1950.
Hicimos hablar a la hija, quien con alegría plena nos llevó por los rincones de su casa. Ahí encontramos la esencia de  nuestro personaje y así lo presentamos.

Juanito 70

Así, en un sobre rotulado con el apellido del personaje, entregaba los encargos mi querido Pepe Ramírez, Juanito 70 como le decía todo mundo, José Ramírez y Pérez como se presentaba él, extendiendo sus coloridas tarjetas para promocionar sus servicios como fotógrafo.
Nació el 10 de septiembre de 1937 en la colonia Obrera de la ciudad de México. Inició su trayectoria como fotógrafo profesional el 6 de enero de 1964. Su sello particular fue el retrato del jugador en pose.Colaboró con las revistas Futbol Colección de Oro, Balón, Gol, Tiro de Esquina, Futbol Total, De Sangre Azul, Goya, Chivas de Corazón, Puros Mexicanos. Así mismo trabajó para El Diario de México, Impar y con el diario deportivo Récord. También proporcionó sus servicios al programa Súper Estadio, dirigido por Francisco Javier González. El 9 de octubre de 2014 preparó su último rollo, lo insertó en su vieja cámara y partió para tomarle fotos a la eternidad.
Te voy a extrañar mi querido José Ramírez y Pérez, siempre que podías me sacabas el retrato. Que lástima que nunca nos sacamos una foto juntos.

Saeta para la Saeta

Antes de Pelé y Maradona existió un Dios que reventó los límites del juego. Tomó la forma de un viejo prematuro que parecía que se desplazaba lerdo sin embargo decían que era una saeta. Calvo y con arrugas marcadas en la frente, como las de los sabios que tienen aprendidas prácticamente todas las lecciones de la vida. Son pocos los que tienen presente la estampa de este futbolista luciendo joven, aun siéndolo. Un héroe vestido de blanco, como los clásicos, que en vez de laureles lucía una corona de cabellos escasos que en su momento fueron rubios. Nunca portó el ostentoso 10. El fue un nueve y casualmente el número 9 es el signo del genio artístico. Es el número de la persistencia, la generosidad y la capacidad de empuje. Aunque también dicen que se autoadulan, que son posesivos, que no cuidan sus finanzas y necesitan acaparar la atención del mundo.

Y que se haya llamado Alfredo también perfila al personaje. Amigo de la paz o gobernante pacífico significa el nombre germano (por cierto, el primer apodo que tuvo fue “El Alemán”, por sus rasgos). Simpáticos, amables en su trato. Con mucha imaginación. Que le gustan los deportes y tiene mucha energía. Que contagia de entusiasmo a todos los que están a su alrededor. Y en el amor, necesita compartir sus ideales con su pareja. “Gracias, vieja” les escribió un día un libro entero a la pelota.

Volviendo a esa corona de escasos cabellos, nos encontramos con la coincidencia del apellido: Di Stéfano que deriva del nombre griego “stephanos” cuyo significado es “corona de laurel”, o bien, “el victorioso” porque en la Grecia Antigua sólo los héroes que la conquistaban podían portar los laureles.

La Saeta, vaya apodo, aunque es el proyectil letal que nos remonta a nuestro ancestral origen cazador, la flecha señala trayectoria y sentido. Las saetas son palabras precisas, concisas, es hablar claro. Cuenta un antiguo relato que “un flechador al enderezar una flecha la mira a todo lo largo con un ojo cerrado, y de esto se saca la enseñanza de la visión unitaria”. Saeta también es un canto religioso muy gitano que va a capela, al paso del Cristo muerto en la semana santa. Un canto profundo de dolor que hoy, y con todas las distancias y el respeto a la religión del Jesús del madero, se debe cantar en honor a este Dios del futbol que ha terminado su aventura en el mundo de los humanos.

Tirano o redentor

Por su valentía y lealtad llegó a ser el hombre de confianza del general Lázaro Cárdenas. Fue jefe del estado mayor presidencial. Nació el 30 de mayo de 1889, en Mascota, Jalisco. Su personalidad era una extraña combinación de marcialidad militar y elegancia de play boy. Nunca fumó ni bebió, y disfrutó de las canciones mexicanas.

Volteó a ver al futbol cuando se le presentó la posibilidad de convertirse en el redentor de un equipo pobre y lleno de deudas. Los prietitos del Atlante estaban en serios problemas y fue el gran cronista, Don Agustín González “Escopeta” quien le pidió que fungiera como cerebro y corazón del equipo azulgrana, que agonizaba por aquel entonces. “El Atlante se muere, general y es el equipo del pueblo”, le dijo el cronista. Apeló, entonces, a los más sólidos valores de un militar: defender los intereses del pueblo. Era el año de 1935 y, desde Palacio Nacional, el general aceptó la petición de “Escopeta”. Para no descuidar sus obligaciones, trazó una estrategia y movió sus piezas. El ingeniero Guillermo Aguilar Álvarez (padre) tomó las riendas del potro, aunque siempre bajo las órdenes del militar.

Fue en estos años cuando el futbol amateur tenía sus pequeñas mañas. Todos los jugadores atlantistas eran, por lo menos en teoría, policías de la ciudad de México, en ese amateurismo insostenible y disfrazado.

Era el equipo del pueblo y sus futbolistas se convirtieron en los soldados de un general que prefería no ver las batallas porque rara vez ponía atención a lo que pasaba en el campo de juego. Se ponía muy nervioso, cuentan algunos. Estudiaba la periferia, la forma y el fondo de la batalla, decían otros. Era un hombre de guerra con el concepto del enemigo bien definido. Jamás cruzó palabras con sus rivales mientras el balón estaba en juego.

Fue él quien logró convencer al mismo presidente de México, Manuel Ávila camacho, para limitar el numero de extranjeros en los equipos mexicanos. Bajo su mando, el Atlante logró dos campeonatos, uno en la temporada 1940-1941 y otro en 1946-1947. Así mismo ganaron tres copas y un campeón de campeones. Envejeció con el equipo y le soltó la rienda cuando su salud le quitó las fuerzas. Eso sucedió en 1966.

El 9 de febrero de 1977, justamente el año en que el Atlante descendió por primera vez a la segunda división, el general José Manuel Núñez murió. Su legado divide opiniones, unos dicen que fue un tirano, otros un redentor, pero como bien decía él: “que hablen mal, pero que hablen”.

El padre, la voz y el gol del Azteca

Como un anciano sabio guarda el conocimiento de la vida, este coloso guarda el alma del futbol. Más de cien mil toneladas de concreto armado sirvieron para construir un monumento al juego que despierta una pasión universal. Aquí se consagraron los más grandes de la historia, Pelé en 1970, Maradona en 1986, porque es un templo creado por y para el futbol. Aunque también ha sido escenario de conciertos, peleas de box, partidos de futbol americano, carreras de motocross y hasta un Papa bendijo al mundo desde el centro del campo. Han pasado 48 años desde que abrió sus puertas y fue en la mente del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez donde emanaron los primeros trazos del proyecto. Hace una década tuve el honor de platicar con él sobre su creación y me dijo que “todo en arquitectura es una serie de análisis y soluciones que se van conjugando. Ya el resultado es consecuencia”, me dijo con la firme intención de no vanagloriarse al hablar del coloso.

Dos mil quinientos hombres y tres años de trabajo fueron necesarios para concluir la obra, el triple de tiempo de lo que utilizaron los ingleses cuando construyeron Wembley, y simplemente lo necesario para crear un recinto para 100 mil espectadores y que al mismo tiempo brindara una particular cercanía del público asistente con el campo de juego. “Nosotros procuramos hacer un estadio lo más cercano posible a la cancha para hacerlo más acogedor. Esos fueron los aspectos, que fuera más acogedor y que fuera financiable”, me dijo el arquitecto.

Pedro Ramírez Vázquez siempre estuvo al pendiente de su obra. Supervisó los detalles, de principio a fin. Sin embargo, el destino no quiso que estuviera ahí aquel 29 de mayo de 1966. Esta es la anécdota que me platicó: “Estaba en España y al salir de Madrid el avión de Aeronaves de México, tuvo un accidente en el tren de aterrizaje, tronaron las llantas y nos llevamos un susto terrible. Se suspendió el vuelo y no pude encontrar una conexión que me pudiera traer a tiempo. Entonces no llegué a la inauguración”.

Los años han pasado para los hombres pero el concreto hace pensar en la eternidad porque como bien comentó el arquitecto Ramírez Vázquez “para obras de este tipo, de uso público, el estadio está, si acaso adolescente”.

Intimida, impone. En la inmensidad de sus entrañas el silencio obliga a contemplar.

“Señoras y señores, bienvenidos al estadio Azteca…” retumba con el eco profundo que provoca el estadio vacío. Desde siempre la voz del coloso ha sido la misma… imaginen la cantidad de recuerdos, de anécdotas. Mejor que nos cuente algunas el dueño de la voz, Don Melquiades Sánchez Orozco.

“Es para mi un placer, un momento realmente emocionante el acumular todos esto años con las emociones acumuladas en la tribuna y en la cancha”, dice el querido Perraco, “por eso cuando llego aquí, siendo un simple empleado, “La voz del Azteca, siento que el estadio me saluda, que las piedras me hablan y hasta me vacilan a veces por eso: ahí va al que le hablan la piedras. Pero hablando en serio, yo sí siento que el estadio de alguna manera se comunica con uno. Será por la historia, o por todo lo que uno va acumulando en el espíritu”.

A lo lejos, sobre calzada de Tlalpan viene caminando el hombre que no durmió la víspera de aquel 29 de mayo del 66, pensando en una sola cosa: marcar primero. Es Arlindo dos Santos Cruz, anotador del primer gol en el estadio Azteca.

“Yo no dormí, un solo segundo no cerré los ojos. Estuve toda la noche despierto con la vista pegada al techo del hotel. Fabricando jugadas mentalmente. Rezando y pidiendo a Dios que me diera la oportunidad para ser el anotador del primer gol de este inmueble tan bonito y tan grande”, me platicó el menudito jugador brasileño.

Las suplicas fueron escuchadas y su fe fue tan grande que al minuto 10 del juego entre el América y el Torino de Italia su vida cambió para siempre. Ese momento lo definió por el resto de su vida.

Arlindo se posiciona sobre el terreno de juego para reconstruir la jugada. “Me anticipé a dos italianos. Acomodé el balón aquí y de aquí le pegué con todo. Con toda la técnica individual”, relata con gran emoción. De pronto, comienza a caminar trazando con el índice de su mano izquierda, la trayectoria del balón que viajaba rumbo a las redes. “El balón se metió aquí, en donde las arañas hacen su nido”. Ese día celebró como si quisiera tocar el cielo.

El Autogol

Dedos deformes, poderosos pero mullidos. Manos enormes castigadas por la vertiginosa rotación y traslación de la esfera de cuero. Un error superlativo que dejó de serlo por respeto a la persona. Un gol anotado con la mano pero sin la asistencia de Dios y la trampa del mezquino. “No me pregunten” dijo el titán que antes de comentar quiso ver la repetición de la jugada que le arrebató los puntos de la victoria. Y cuando se cerró la puerta del vestuario, dicen, todos sufrieron un ataque de carcajadas por lo inverosímil del acontecimiento. Luego entró el sabio entrenador y muy mordaz volvió a mirar las manos del gigante que parecían calamares por la deformidad de sus dedos. “Fue por eso que no pudo controlar el balón”, dijo. Un balón blanco, de corte francés, con estrellas negras adornando los gajos redondos. En eso, un jovencito salió a defender a su portero. Su bigotillo se movía tembloroso mientras aseguraba que el balón iba para él, cuando de repente quedó marcado por el delantero de los otros. El poderoso brazo del cancerbero se amarró en seco y revirtió la dirección de la bola, para, culminar en ese autogol anotado con su propia mano. Lo cierto es que en cuanto tomaba la pelota en sus manos se convertía en el primer atacante del equipo. A mí tampoco me pregunten, que sigo viendo la repetición de aquel 23 de mayo de 1976.

El Sheriff que regaló su Ferrari

Hijo de un héroe de antaño, nacido rojiblanco, símbolo chiva, el Sheriff es una leyenda maltrecha. Fernando Quirarte Gutíerrez nació el 17 de mayo de 1956, en Guadalajara, Jalisco. Es hijo de Fausto Quirarte, jugador activo en los años treinta. Don Fausto fue portero y su hijo, siempre maravillado con el uniforme negro de su papá, le prometió: “Algún día seré como tú”. Fernando creció dentro de la institución partiendo desde las fuerzas básicas pero prefirió defender el arco con los pies, en la zaga. Debutó en la temporada 1976-77 y fue campeón con el Rebaño en la temporada 1986-87.
Era un sublime defensa central. Se caracterizaba por su excelente juego aéreo y muy eficaz en la marcación mano a mano, además de un liderazgo sobresaliente en el campo. Estuvo presente en las grandes broncas contra el América. Nunca le corrió al destino, él era el capitán. 

Fue seleccionado mexicano en 45 ocasiones y anotó cinco goles, dos de estos en la copa mundial México 1986. Aquel 11 de junio, contra Bélgica marcó el primero, el segundo sería contra Irak, Fernando lo celebró llorando, corriendo y con las manos al cielo. Cubriendo con las manos su rostro totalmente expresivo. Su padre, Don Fausto, tenía días de haber fallecido y en su honor compartió su homenaje con el mundo. “Mi padre fue quien impulsó mi carrera. Si escogí ser futbolista mucho se lo debo a él, y claro, también a mis hermanos. A todos nos fascinaba el futbol y mi papá era quien más feliz estaba con esto. El grupo de jugadores, me apoyó como nadie, éramos una gran familia y esto nos unió un poco más. Sabía que mi ángel me había puesto ahí, en ese lugar y en ese momento indicado. Lloré de alegría, de melancolía, es algo inolvidable”, recuerda siempre el Sheriff.

Por aquellos años, Emilio Pérez de Rozas, enviado del diario español El País a la copa del mundo, entrevistó a la madre del Sheriff, Doña Luz Gutiérrez, quien compartió una excelente anécdota: "Cuando vi que el que había conseguido ese gol era mi hijo, quise morirme. Siempre le ha gustado subir a rematar, y por eso le regaño muy a menudo, diciéndole: 'Hijo, no subas tanto, no dejes allá solo a tu portero, porque luego vienen las descolgadas y te anotan un gol'. Pero a él le apasiona subir a rematar de cabeza, e insiste".

La muerte no sólo se había llevado a su padre para ese entonces. Uno de sus hermanos murió fulminado por un infarto mientras disputaba un partido llanero. En total son tres hermanos y una hermana los que se le han adelantado y forman una legión de ángeles, como él los llama, que lo cuidan todo el tiempo. Por eso Fernando sabe esperar.

Se retiró con los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara e inició su etapa como entrenador. Hizo campeón al Santos en el Verano 2001, después aceptó dirigir a los rojinegros del Atlas. También estuvo con Jaguares y cumplió su eterno sueño de dirigir al Rebaño en donde no le fue bien. Fernando lloró de importencia en plena conferencia de prensa cuando disputó su primer partido en el banquillo de los tapatíos. Poco tiempo después Jorge Vergara lo crucificó en público: “a Quirarte le entregamos un Ferrari y nos regresó un Volkswagen”, dijo el magnate cuando le aceptó la renuncia. Desde entonces, 2012, no ha vuelto a tomar las riendas de ningún equipo, nunca es fácil repornerse cuando eres devorado por tus propios sueños.

Prípiat y su estadio fantasma

El balompié no es tan antiguo como para someterlo al carbono 14, sin embargo hay una región en el mundo en donde todo fue condenado a 24 mil años de aislamiento. La vida y, desde luego, todo lo relativo al juego en esa zona fantasma ha quedado en el abandono absoluto. Así, como ruinas de la antigüedad, emergen las tribunas, los marcos, los vestuarios y los lúgubres pasillos de lo que, hace menos de medio siglo, iba a ser un modesto estadio de futbol.

En Prípiat, esa pequeña ciudad junto a la maldita planta nuclear de Chernóbil, vivieron casi todos los trabajadores al servicio del reactor hasta ese 26 de abril de 1986. Justo en esas fechas, la ciudad, fundada en 1970, celebraba su gran época de esplendor. Había alrededor de cincuenta mil habitantes y la arquitectura progresista le iba otorgando una identidad muy particular que giraba alrededor del bienestar. Los soviéticos estaban orgullosos de su tecnología atómica. El clima del lugar era muy cómodo, a pesar de los crudos inviernos. La cultura, la educación y el deporte complementaban los ideales de vida. 

Cientos de fotografías nos muestran un estadio devorado por la vegetación, tatuado con el óxido del olvido y las grietas que arrugan el concreto con el paso del tiempo. El campo de juego es un bosque en ciernes que en épocas de invierno acentúa el exterminio. Es escalofriante sumergirse en esas instantáneas y es desconcertante cuando uno se entera que ese inmueble quedó inmaculado porque nunca se inauguró. Apenas iba a abrir sus puertas el 1 de mayo de 1986, cinco días después de la tragedia.

El estadio Vanguardia de Prípiat formaba parte de un complejo deportivo: cancha de futbol, pista atlética, alberca, gimnasio, etc. Ahí jugaría el Stroitel, el equipo semiprofesional de la ciudad. El campo de juego sólo sirvió para que los gigantescos helicópteros evacuaran a la población y esa sólida tribuna central con asientos de madera y una minúscula sección techada quedó en desuso por lo menos durante los próximos 24 mil años.

El jardinero del infierno

Saben que esa inmensidad está tan viva como ellos. Sienten como respira, como se nutre del sol, del agua, del aire. Tienen una rutina estricta. Nunca descansan. Jamás desfallecen. Le temen al frío y mucho más al granizo. Siembran y cultivan pedazos de vida que se superponen en una superficie tersa. Es al amanecer cuando el campo les dice lo que van a necesitar ese preciso día y nunca es igual. Preparan los tractores, calibran las cuchillas y como alquimistas preparan cócteles químicos para combatir plagas indeseables. Al cabo del tiempo se hacen uno con ese voraz césped que crece con sus condiciones. Trabajan en equipo y lo hacen para un equipo. Sufren cuando los indolentes pies pisan a su criatura sin el respeto necesario. Se enfurecen cuando los ignorantes se burlan de la sagrada vida del verdor. Hoy quiero hablarles de uno en especial.

Filemón Consuelo se hizo jardinero desde el día que llegó a la mayoría de edad. Le tocó un reto mayúsculo. Ese campo, ubicado de oriente a poniente, y a más de 2500 metros sobre el nivel del mar, le exigió el mayor tiempo de su vida. Desde pastos ingleses hasta este espécimen africano que tiene ahora el estadio Nemesio Diez fueron fielmente cuidados por él y sus muchachos. Siendo jardinero cultivó su propia vida. Su noble y ancestral trabajo le dio estabilidad a su familia, educación a sus hijos, y plenitud personal a sí mismo porque Don File no le debía nada al destino. Nunca se resignó a esa franja invernal que se secaba cada temporada y que rompía la armonía de su querida alfombra esmeralda. Así cómo otros maestros le enseñaron, él fue un gran instructor. Ejemplo de su cuadrilla y del club escarlata. Llegaba puntual vestido con elegancia y pulcritud. Cambiaba sus ropas y el hombre, en una mágica metamorfosis, adquiría un aspecto terroso y húmedo, así como el binomio tierra-hierba. Parecía un gran árbol lleno de marcas de vida. Sólido y macizo. Generoso. Sabio. Bondadoso. Respetuoso.

Desde hace algún tiempo, la diabetes lo afectaba. Su padecimiento lo llevó a tomar terapias de oxígeno en una cámara hiperbárica. Asistía al tratamiento cada tercer día, después de que su inmenso campo vivo tenía satisfechas sus exigencias. Hasta que esa tarde de lunes, la gente que trabajaba en ese lugar se olvidó que Don File estaba dentro de esa máquina que genera bienestar al cuerpo humano, siempre y cuando aquellos que la operan le tengan respeto a la vida. Don File sentía la vida de la humanidad y del planeta en esa hectárea de pasto que quiso tanto. La gente que lo dejó morir cargará por siempre la gran culpa. El futbol ha perdido a una de las piezas claves de la tradición, porque si es difícil llegar a ser futbolista, es mucho más difícil aun, llegar a ser un jardinero de verdad.

Los Petroleros de Poza Rica

Desde 1957 un equipo intentó ser campeón de la segunda división para obtener el anhelado ascenso. Los Petroleros de Poza Rica, en Veracruz, fueron una poderosa escuadra sustentada económicamente por Petróleos Mexicanos (PEMEX). Por algunas temporadas se llegó a decir que su nómina llegó a ser la más cara del futbol mexicano, a pesar de no ser un plantel del máximo circuito. Hasta el Santos con su estrella Pelé, le hizo los honores en casa.

Jugadores de gran nivel, mundialistas mexicanos, jóvenes promesas y técnicos experimentados nunca lograron romper con una extraña maldición que los sentenció a ser el campeón sin corona de la segunda división profesional. Hay un secreto a voces que asegura que los futbolistas ganaban tan buen dinero que temían perder sus plazas en caso de ascender a la primera división.
La temporada 58-59 estuvieron a punto de llegar. Ganaron el Torneo de Copa y el Campeón de Campeones pero el Tampico obtuvo la Liga y por lo tanto el ascenso. La 60-61 fue la misma historia. Nacional de Guadalajara llegó a Primera. Al ciclo siguiente62-63 ocupó el tercer lugar, a dos puntos del campeón Zacatepec. En Poza Rica los jugadores lo tenían todo. Realmente es un misterio que los fracasos se encadenaran eslabón por eslabón. Para la temporada 1963-64, Cruz Azul fue el campeón, sólo había una explicación: el cuadro fallaba a la hora buena. La siguiente temporada parecía la buena. Siete años en la segunda división le daban al Poza Rica la experiencia necesaria, sin embargo el triunfo no distingue los principios de justicia. Se gana con goles y se suman puntos y no años de esfuerzo.

Para el campeonato 1964-65, la Primera División aumentó a 16 el número de equipos participantes por lo que se efectuó un torneo de promoción entre el peor equipo de primera y los tres mejores de segunda. Había dos lugares y cuatro contendientes. Nacional se mantuvo en el máximo circuito y los Tiburones Rojos del Veracruz lograron el otro boleto. Y ahí, anclado en la antesala del ascenso, Poza Rica inició una lenta y desgastante agonía. PEMEX declinó su apoyo, su campo quedó inutilizado y hasta la franquicia emigró de su lugar de origen arrastrando la pesada loza de la frustración. Llegado el año de 1970 terminó la historia de los Petroleros, del equipo que siempre lo intentó pero nunca pudo o nunca quiso.