Me encuentro del otro lado del balón

He llegado hasta el otro lado del balón y me encontré con el punto de partida. Ya le di la vuelta en un hermoso viaje por los recuerdos de otras personas que tienen en el futbol su propia trascendencia. La primera vez que me topé revisando capítulos de vida fue en el año 2003. En los llanos de Texcoco me encontré a Los Olvidados, aquellos que lograron ser profesionales pero que después del retiro la vida les puso encrucijadas distintas. Algunos tomaron caminos y descubrieron la vida después del futbol. Otros se quedaron ahí, en las talachas, jugando por cien pesos, a pesar de que las rodillas eran frascos de talco.

Conté la historia de Damián Álvarez cuando llegó a Morelia. Su máxima preocupación era su perro porque él pensaba que México era un país de tránsito. Sus sueños estaban en Italia o en España pero lo más lejos que ha llegado es a Monterrey. Me tocó ser recibido por el equipo de Javier Salinas, quien a la postre podría ser recordado como el primer profesionista de la industria del futbol mexicano. Conocí al famoso Mago, comí las tortas de su negocio y dormí en su hotel. Platiqué con Nicandro Ortiz, caminé por el vetusto estadio Venustiano Carranza, me acordé de la Tota Carbajal y supe que Glafira, la secretaria, sí existía.

Nunca soñé con dedicarme al futbol. Eso le tocaba a mi hermano, quien en verdad fue un implacable centro delantero sometido a las frustraciones de Enrique López Zarza y a los amos de una cantera auriazul repleta de acomplejados, salvo muy contadas excepciones. Supe identificar el lado social del futbol, la parte humana, los legados, los sentimientos. Aproveché la siempre generosa nostalgia. Viví vidas ajenas. Escuché, siempre escuché y procuré no llegar sabiendo nada para sorprenderme con los relatos. Así estuve descubriendo el otro lado del balón durante todos estos años.

Los viejos me confiaron sus pasados. Tomé estafetas generacionales. Me callé la boca, yo no estuve ahí, ellos fueron los protagonistas de las historias que me regalaron. Coleccioné testimonios, uno tras otro. Guardo casi todos. Me tocó descubrir quienes eran a través de sus álbumes, llenos de líneas dramáticas.
Los vi cojear, los vi llorar, los vi vibrar por lo que ya no eran. Como comunicólogo que soy diseñé formatos para contar historias. Minuto 91 fue sensacional, tal cual. Lleno de sensaciones, de reflexiones, de autoevaluaciones, de conclusiones, de arrepentimientos, de replanteamientos, de lecciones de vida. Porque ese era el objetivo: la vida después del futbol.

Después pude tener un programa sin pensar en la mercadotecnia. El contenido mandaba sobre todas las cosas pero los expertos en ventas no lo supieron capitalizar y yo nunca quise entrarle a esos terrenos porque, francamente, no se hacer negocios. Por eso nos sacaron del aire. Pero el programa de media hora semanal volvió a ser sección de otro programa y con grandes decepciones a cuestas reinventé mi forma de ver al futbol. Don Nacho Matus un día me dijo: “Describa Enrique, describa”. Yo no jugué este deporte, ni entiendo de estrategias. Pero Don Nacho siempre me dijo: “usted es un estudioso del futbol”.
Seguí buscando historias. Siempre sólo. Me alejé de la burocracia de los apóstoles mediáticos. Dejé de salir en la foto pero encontraba buenos capítulos. Fui a algunos pueblos en donde el futbol era una matriz de desarrollo social. Me limitaron los recursos. Me pidieron que enseñara a los demás, pedí una recompensa económica, me topé con malas caras. Me dijeron que el negocio proporcionaba satisfactores como en una familia. Yo tenía la mía en casa y no me interesaba tener otros satisfactores. Me puse incómodo pero logré encapsularme en mi método.

Describir otros lugares, dar contextos, descubrir, encontrar, compartir, generar, crear, armar, soñar, imaginar, sentir, siempre tuve detonantes para hacer lo que hacía hasta que Francisco Javier González me citó y me dijo que me tocó el recorte. Que no me pudo defender porque nunca chequé tarjeta. Porque nunca fui medible, porque pensar genera déficit, porque tener prioridades personales es inaudito, porque valía más tener horas acumuladas que todas las historias que están disponibles en este blog. Y así me quedé. Triste, encabronado, resentido, pero con la respuesta clara. Entiendo la decisión, asumo las consecuencias. Ellos se ahorraron unos cuantos pesos, yo me ahorro el insomnio, la falta de satisfacciones, la soledad, la hipocresía, y la carencia total de ilusiones. Estoy del otro lado del balón soñando, ilusionado, con miedos pero con esperanzas, trabajando, cerrando ciclos. Hoy escribo este post sin dar por terminado nada, pero con un final adecuado para esta experiencia inolvidable.

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