Arigato, Moriyasu


Hay derrotas que tienen el mismo peso específico que las grandes victorias, porque se convierten en el acta de nacimiento de un mito. Lo que pasó hoy en el césped de Houston no se puede explicar simplemente diciendo que Brasil avanzó a los octavos de final con un gol agónico en el minuto 96. Eso sería quedarnos en la superficie, en el frío dato de la estadística. Pero, sin lugar a dudas, el hombre que obligó al gigante de las cinco estrellas a bajarse del pedestal y a sangrar en el barro, se llama Hajime Moriyasu.

Cuando el árbitro pitó el final y la banca brasileña saltó a la cancha con el desahogo de quien acaba de salvar la vida, Moriyasu caminó con paso lento, se plantó frente a la tribuna donde la marea nipona aún asimilaba el golpe, y ejecutó esa reverencia profunda, pausada y solemne que ya es su sello de identidad. No era un acto de sumisión; era la firma de un ajedrecista que le demostró al planeta que el futbol asiático dejó de ser una coreografía de velocidad para convertirse en un ejercicio de paciencia zen y orgullo cultural.

Por eso, antes de abrir el champán de la épica sudamericana, hay que decir: Arigato, Moriyasu. Gracias por dignificar este bendito juego.

El fantasma de Doha 1993 y el Zanshin de la concentración

Para entender la obsesión de este hombre por el control absoluto del reloj —ese que casi deja fuera de combate a la Verdeamarela—, tenemos que viajar al 28 de octubre de 1993. En lo que la historiografía nipona bautizó como "La Agonía de Doha", Japón ganaba 2-1 a Irak en el último suspiro y saboreaba el primer boleto mundialista de su historia. En el minuto 90, un tiro de esquina letal terminó en gol iraquí. El sueño se desvaneció en el aire.

¿Quién estaba barriéndose desesperadamente en esa cancha, masticando las lágrimas de la tragedia? Un joven mediocampista de contención llamado Hajime Moriyasu.

Cuando asumió el banquillo nacional, Moriyasu no enterró el trauma; lo convirtió en doctrina viva. Obligó a sus futbolistas a estudiar ese partido de archivo no como una maldición, sino como el ejemplo empírico de lo que sucede cuando se parpadea un solo segundo en la élite.

El registro de la crónica: Como bien han documentado las páginas de la revista Number en Tokio, el técnico introdujo en los entrenamientos el concepto de Zanshin —ese estado de alerta continuo de las artes marciales ancestrales—. El Japón que hoy maniató el mediocampo de Brasil con una presión asfixiante y quirúrgica es el resultado de un entrenador que juró que el futbol de su país jamás volvería a morir por un descuido.

El destierro del complejo y la invasión europea

La segunda gran historia de este proceso se esconde en los registros demográficos de la propia Asociación de Futbol de Japón (JFA). Atrás quedaron los tiempos de Corea-Japón 2002 o Alemania 2006, donde la selección dependía de la inspiración solitaria de genios aislados como Hidetoshi Nakata o Shunsuke Nakamura. Para este ciclo de 2026, el archivo de Moriyasu revela una realidad apabullante: más del 80% de su convocatoria milita en el corazón del futbol europeo.

Moriyasu entendió que el futbolista japonés históricamente respetaba en exceso la jerarquía de las camisetas históricas. Durante una serie de viajes documentados por la cadena NHK entre 2023 y 2025, el estratega se sentó frente a frente con sus jugadores en sus respectivos clubes de la Bundesliga, la Premier y LaLiga. El mensaje fue un ultimátum al ego: "El ritmo y la personalidad con la que compiten cada fin de semana contra los mejores del mundo es el mínimo requerido para vestir esta camiseta".

El resultado se vio hoy en Texas. Tipos como Mitoma, Endo o Kubo salieron a jugar sin complejos geográficos. No miraron el escudo de Brasil con reverencia miedosa, sino con el colmillo afilado de quien sabe que el orden asociativo puede cortarle los circuitos a cualquier inspiración silvestre.

El pacto de honor de la humildad

Existe una imagen de archivo que define la estética de este director técnico. Octavos de final de Qatar 2022, el equipo cae eliminado de forma cruel en los penales ante Croacia. Mientras los jugadores lloraban sobre el césped, Moriyasu caminó solo hacia el centro del campo y se inclinó ante su público en un lazo de comunión absoluto.

Ese día nació el equipo que hoy casi hace saltar la banca en Houston. Moriyasu utilizó ese dolor para establecer un código de vestuario inquebrantable basado en el sacrificio donde las individualidades se diluyen en favor del colectivo.

El cronista Junji Bando relató en sus cuadernos de investigación que Moriyasu descentralizó el liderazgo tras Qatar: cada pieza del engranaje debía sentirse responsable del honor defensivo de la nación. Por eso, cuando vimos a los delanteros japoneses hacer coberturas de sesenta metros para tapar las subidas de los laterales brasileños, estábamos viendo ese pacto firmado bajo el sol de Doha.

El destino del puro y la katana

Al final de la historia, el futbol nos regaló un desenlace de antología dramática. Cuando cayó el gol de Kaishu Sano al 29', Houston se congeló. Brasil sintió el frío de la eliminación temprana y tuvo que descender al infierno antes de encontrar el milagro. Hizo falta el orgullo herido de Casemiro al 56’ para empatar desde las entrañas, y la genialidad agónica de Gabriel Martinelli al 96’ para evitar que la catástrofe se consumara.

Mañana los diarios hablarán de las estadísticas de los octavos de final que esperan a la Canarinha el próximo 5 de julio en Nueva York. Se dirá que a Brasil le funcionó la mística, que los grandes imperios saben sufrir y que —como nos gusta decir— parece que Carletto Ancelotti de verdad trae los puros de la calma en la maleta.

Pero en los registros de esta Copa del Mundo de 2026, la crónica humanista dictará que el orden indomable de Japón obligó al favorito de todos a vaciar los bolsillos y a dejar el alma en la cancha para poder sobrevivir. Brasil sigue vivo y con la piel curtida, sí, pero el futbol le debe una noche de aplausos a la pizarra, el honor y la dignidad de Hajime Moriyasu.

Arigato, maestro. Nos diste un partido para la eternidad.

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