Didier Deschamps y esa extraña manera de seguir adelante
Hay personas que convierten el futbol en una profesión.
Y hay otras para las que el futbol termina siendo un lugar donde refugiarse cuando la vida aprieta.
Didier Deschamps pertenece a ese segundo grupo.
En plena Copa del Mundo de 2026 recibió la noticia que nadie quiere recibir. Falleció su madre. Viajó a Francia para despedirse de ella y, apenas cumplido ese último abrazo, volvió junto a la selección francesa.
Muchos hablarán de profesionalismo.
Otros lo llamarán sacrificio.
Quizá ninguna de las dos palabras explique del todo lo ocurrido.
Porque, cuando uno repasa la vida de Deschamps, descubre que ésta no es una excepción. Es casi una forma de estar en el mundo.
No porque el dolor le resulte más llevadero que al resto. Sino porque siempre ha encontrado en un vestuario un lugar desde el que reconstruirse.
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El primer golpe llegó demasiado pronto
A finales de 1987, cuando apenas empezaba a abrirse camino en el Nantes, la vida le puso delante una prueba imposible.
Su hermano Philippe murió en un accidente aéreo.
Tenía diecinueve años.
A esa edad nadie está preparado para perder a un hermano. Ni siquiera quienes parecen destinados a convertirse en líderes.
Quienes compartieron aquellos días con él cuentan que hablaba poco. No porque no sintiera el golpe, sino porque no encontraba palabras suficientes.
Lo que sí hizo fue entrenar.
Cada día.
Con una intensidad distinta.
Como si cada sesión le permitiera ordenar un poco el caos que llevaba dentro.
Hay futbolistas que encuentran respuestas en los libros.
Otros en la familia.
Deschamps las encontró durante años en el césped.
Quizá ahí empezó a construirse el capitán que más tarde levantaría la Copa del Mundo de 1998.
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Cuando un país entero necesitaba un referente
En noviembre de 2015 Francia dejó de ser únicamente una selección de futbol.
Durante el amistoso contra Alemania, las explosiones de los atentados de París se escuchaban desde el Stade de France.
El miedo entró en el vestuario antes incluso de terminar el partido.
Lassana Diarra perdió a una prima.
La hermana de Antoine Griezmann sobrevivió por muy poco a la tragedia del Bataclan.
Cuatro días después había otro encuentro.
Muchos pensaban que el futbol ya no tenía sentido.
Y, probablemente, tenían razón.
Pero precisamente por eso Francia decidió jugar.
No para olvidar lo ocurrido.
Eso era imposible.
Sino para recordar que la vida, por difícil que resulte, sigue avanzando.
Deschamps entendió entonces que su trabajo iba mucho más allá de decidir quién jugaba por la izquierda o cómo defender un córner.
Le tocó escuchar.
Abrazar.
Esperar.
Y mantener unido a un grupo de futbolistas que, antes que internacionales franceses, eran personas.
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Hay derrotas que no aparecen en el marcador
La historia del futbol está llena de jugadores y entrenadores que disputaron partidos con el corazón roto.
José Pékerman perdió a su hermano durante el Mundial de 2006 y siguió al frente de Argentina sin convertir su dolor en protagonista.
Darijo Srna recibió la noticia de la muerte de su padre durante la Eurocopa de 2016. Voló a Croacia, asistió al funeral y regresó para seguir siendo el capitán de su selección.
Ahora Deschamps entra, sin buscarlo, en esa lista.
No porque haya ganado un partido.
Ni siquiera porque Francia siga aspirando al título.
Sino porque nos recuerda algo que el futbol suele esconder detrás de los resultados.
Los entrenadores también entierran a sus padres.
Los jugadores también lloran en habitaciones de hotel.
Los líderes también dudan.
Y, aun así, llega un momento en que vuelven a ponerse el pants, cruzan la línea de banda y hacen aquello que llevan haciendo toda la vida.
No porque el dolor haya desaparecido.
Sino porque, para algunas personas, trabajar junto a quienes consideran su segunda familia es la mejor manera de no quedarse solos.
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El otro lado del balón
Quizá esa sea una de las grandes lecciones que deja Didier Deschamps.
Se suele decir que el futbol es lo más importante entre las cosas menos importantes.
Pero, de vez en cuando, ocurre justo lo contrario.
Se convierte en el lugar donde alguien encuentra la fuerza para seguir caminando cuando la vida se ha detenido.
Y entonces entendemos que los títulos explican una carrera.
Pero son estos pequeños gestos, casi invisibles, los que terminan explicando a la persona.


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