Gianni Infantino: ¿Cómo 'el calvito de los sorteos' se convirtió en el dueño de la pelota?


En la mitología del futbol del siglo XXI, Gianni Infantino es el burócrata molde: el hombre que heredó un imperio en ruinas tras el terremoto del FIFA Gate en 2015 y, en lugar de restaurar el templo, prefirió transformarlo en una inmensa franquicia multinacional.

Mientras este Mundial 2026 transcurre bajo la geografía de tres países sometidos a la lógica del consumo masivo, Infantino observa desde el palco de honor con la sonrisa imperturbable de quien se sabe dueño absoluto del tablero. Pero el periodismo humanista, el que busca los hilos detrás de las marionetas, está obligado a rascar la laca de los discursos oficiales para entender a este abogado suizo que ha logrado lo que ningún rey ni dictador pudo: privatizar la nostalgia colectiva del planeta.

Del andén de Brig a los pasillos del poder

Para entender a Infantino no hay que buscarlo en el barro de una cancha que jamás pisó con tacos, sino en Brig, un pequeño pueblo suizo incrustado en el cantón del Valais, apenas separado por un puñado de kilómetros de Viège, la cuna de su predecesor y mentor espiritual, Joseph Blatter. Hijo de inmigrantes italianos, Infantino creció con un pie en cada frontera, una dualidad que le otorgó su mayor virtud: una asombrosa fluidez políglota para negociar en cinco idiomas sin comprometerse jamás en ninguno.

Antes de vestir los trajes a la medida de la FIFA, su relación con el futbol fue puramente administrativa y jurídica. Trabajó como secretario general del Centro Internacional de Estudios del Deporte (CIES) y luego escaló en la UEFA como el abogado encargado de los asuntos legales y las licencias de clubes. El aficionado común lo conoció como "el calvo de los sorteos", ese personaje simpático y formal que extraía las esferas de plástico de la Champions League. Detrás de esa estampa de notario de provincia, se escondía un estratega implacable que pacientemente tejía una red de contactos con los dueños de los clubes más poderosos del continente.

Los aliados del jeque y la diplomacia del dólar

Infantino no obedece a las federaciones tradicionales; su lealtad pertenece a las nuevas fortunas y a los centros de poder que entienden el futbol como una herramienta de geopolítica y lavado de imagen (sportswashing). Sus grandes aliados ya no están en los viejos comités de Europa o Sudamérica, sino en los palacios de cristal del Golfo Pérsico. Desde que asumió el cargo, ha estrechado lazos con los fondos soberanos de Arabia Saudita y Catar, mudando incluso su residencia temporal a Doha antes del torneo de 2022 y entregando la llave de los próximos calendarios a las chequeras del petróleo.

En la acera de enfrente, sus detractores históricos han sido los románticos y los puristas europeos —como algunas ligas locales y sindicatos de futbolistas (FIFPRO)— que miran con horror cómo el calendario se deforma para exprimir hasta la última gota de resistencia de los jugadores. Lo acusan de megalomanía, de destruir el tejido competitivo local para inventar torneos artificiales como el Mundial de Clubes de 32 equipos o de dilatar la Copa del Mundo actual a 48 selecciones, rebajando el nivel deportivo en aras de multiplicar los derechos de televisión.

El "idilio" de Washington: sumisión al poder político

Ningún capítulo de su gestión ilustra mejor su pragmatismo sin escrúpulos que su polémica y criticada relación con Donald Trump. Para el mandamás de la FIFA, la Casa Blanca no representa la sede de una democracia, sino la oficina de un socio comercial clave para el torneo de 2026. La sumisión que Infantino exhibió ante Trump desde sus primeros encuentros en la Oficina Oval levantó ampollas en la comunidad internacional, que vio con indignación cómo el presidente del organismo del deporte más popular se deshacía en elogios y genuflexiones ante un mandatario abiertamente divisivo.

Aquella infame postal de Infantino entregándole tarjetas rojas y amarillas de utilería a Trump para que las usara contra la prensa fue mucho más que unajoke pesada; fue el retrato de la claudicación ética de la FIFA. El suizo llegó a describir a Trump en el Foro Económico Mundial de Davos como un líder hecho del "mismo material" que los deportistas: competitivos y ganadores.

Esta alianza, construida sobre el cemento de los estadios estadounidenses, expuso la doble moral de Zúrich. Mientras la FIFA sancionaba federaciones enteras argumentando la "no intervención gubernamental en el futbol", su presidente se sentaba a cenar con magnates y políticos, legitimando una agenda de nacionalismo corporativo a cambio de exenciones fiscales y facilidades de visado para el gran circo de la Copa del Mundo.

El teatro de la paz en las alturas de Davos

Es precisamente en esa sintonía con los poderosos donde el discurso de Infantino alcanza niveles de esquizofrenia pura. El uso de la palabra "Paz" ha pasado bajo su mando de ser un ideal ético a convertirse en un burdo activo de relaciones públicas. La mayor obra de teatro de esta diplomacia corporativa ocurrió también bajo el cobijo del Foro de Davos, cuando Infantino sugirió con asombroso cinismo que la Copa del Mundo de Norteamérica merecía recibir nada menos que el Premio Nobel de la Paz.

Aquel absurdo no era un arrebato de ingenuidad, sino una coartada perfectamente estructurada. Homologar la organización de un monstruo comercial —que devora recursos públicos y multiplica los miles de millones de las arcas de la FIFA— con un proceso de pacificación mundial es el mecanismo ideal para barnizar de respetabilidad los negocios de pantalón largo. Es el perfume caro con el que Zúrich decora los brazaletes de Peace de los capitanes en la cancha, mientras en los palcos valida regímenes autoritarios, muda oficinas a paraísos financieros y expulsa al hincha genuino de las gradas. Para Infantino, la paz del mundo se firma con el bolígrafo de los contratos de patrocinio.

La sombra de las traiciones

El camino de Infantino hacia la cima está empedrado de silencios oportunos y espaldas apuñaladas. Su primera gran traición —nunca asumida pero tácticamente evidente— fue hacia Michel Platini. Cuando el astro francés, entonces presidente de la UEFA, cayó en gracia por los pagos inconfesables de Blatter, su fiel secretario general, Gianni, no dudó un segundo en dar el salto al vacío, postularse a la presidencia de la FIFA y ocupar el trono que estaba destinado a su jefe.

Su lado oscuro no habita en la espectacularidad de los maletines llenos de billetes de la vieja escuela, sino en la legalización institucional de la opulencia. Bajo su gestión, los comités de ética fueron desmantelados o reformados a su conveniencia. Investigaciones judiciales en Suiza por supuestas reuniones secretas y no registradas con el ex fiscal general Michael Lauber ensombrecieron sus primeros años, pero como buen hombre de leyes, Infantino logró gambetear los tribunales con la misma frialdad con la que redacta los estatutos.

Durante el pasado Mundial, su discurso de apertura —donde afirmó sentirse "árabe, gay, africano y trabajador migrante"— desnudó su cinismo discursivo: una instrumentalización del humanismo para encubrir las violaciones a los derechos humanos bajo el amparo de una falsa inclusión global.

El legado del gigantismo

Con los hechos sobre la mesa, el legado actual de Gianni Infantino es el del gigantismo financiero. Ha transformado a la FIFA en una máquina que genera miles de millones de dólares en ingresos por ciclo, blindando el apoyo de las federaciones más pequeñas del mundo a través de generosas subvenciones de desarrollo que aseguran su reelección perpetua. Consolidó el VAR —tecnologizando el juego hasta quitarle su dosis de error humano— y expandió las fronteras geográficas del torneo a niveles nunca antes vistos.

¿Hasta dónde podrá llegar su liderazgo? La historia del futbol nos enseña que los presidentes de la FIFA solo se van de Zúrich por dos vías: la muerte biológica o una orden de aprehensión internacional. Al haber reformado los estatutos para que sus primeros tres años de interinato no cuenten en el límite de mandatos, Infantino tiene el camino despejado para perpetuarse en el trono.

Su liderazgo no se mide por la pelota que rueda en el césped, sino por la pelota que se infla en la bolsa de valores. Gianni Infantino ha logrado que el futbol sea más grande, más rico y más global que nunca, pero al mismo tiempo, lo ha dejado más vacío de alma. Es el triunfo definitivo del abogado sobre el futbolista, del portafolio sobre el barrio.

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